Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones  de Pio XII 

al Patriciado y a la Nobleza romana.

-Al lector, Parte I,  Cap. 1, 1,2-

Plinio Corrêa de Oliveira


 

1978. Juan Pablo II acaba de ser elegido 

sucesor de San Pedro. 

Su título oficial es el de 

Obispo de Roma, 

Vicario de Jesucrsito, 

Sucesor del Príncipe de los Apóstoles,

Sumo Pontífice de la Iglesia Universal,

Patriarca de Occidente, Primado de Italia,

Arzobispo Metropolitano de la Provincia Romana,

Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano,

Siervo de los Siervos de Dios.

El nuevo Papa da su bendición urbit et orbi: 

a la ciudad de Roma y al mundo entero.


Al lector

Una compilación de textos de las importantes alocuciones del Papa Pío Xli al Patriciado y a la Nobleza romana fue publicada en febrero, marzo y abril de 1956 por la prestigiosa revista brasileña de cultura, “Catolicismo”. Dichos textos pontificios fueron comentados por el principal colaborador del órgano, el profesor Plinio Corrêa de Oliveira, cuyo nombre —internacionalmente conocido— ha conquistado la admiración y el afecto de un considerable número de españoles.

 La cultura, la privilegiada penetración de espíritu y la personalidad del autor sobresalen en esos comentarios, en los que, para permanecer fiel a los textos pontificios no vaciló en enfrentarse con los prejuicios antinobiliarios ampliamente difundidos en Occidente; actitud considerada entonces, y aún ahora, como iconoclasta en relación a los principios igualitarios de la Revolución Francesa de 1789 y la comunista de 1917, auténticos ídolos para muchos de nuestros contemporáneos.

 El conjunto de las alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana comentadas por el profesor Corrêa de Oliveira en “Catolicismo” comprendía las pronunciadas por Pío XII hasta aquella fecha. A efectos de la presente edición, el autor ha querido redactar también algunos comentarios a la alocución de 1958, dirigida por Pío XII a los mismos distinguidos oyentes.

 El autor ha hecho, además, las necesarias adaptaciones a sus anteriores comentarios, ampliándolos y actualizándolos en función de las tan cambiadas condiciones de los días que corren. También por iniciativa del autor van incluidos en el presente trabajo algunos textos de las alocuciones de Juan XXIII y de Pablo VI sobre el mismo asunto. En las publicaciones oficiales del Vaticano no se encuentran referencias a documentos de Juan Pablo II sobre el tema.

 Por otra parte, el evidente interés de la materia tratada en las catorce alocuciones de Pío XII suscitaba el deseo de estudiar el mismo asunto, no sólo en la doctrina de sus sucesores en el Solio Pontificio, sino también en la de sus antecesores.

 Resultaba imposible remontarse en esa búsqueda hasta el santo y glorioso pontificado de Pedro. Como bien se ve, en este trabajo retrospectivo debía el autor trazarse a sí mismo un límite muy definido, proporcionado a sus disponibilidades de tiempo, así como a la circunscrita capacidad de absorción de tantos lectores contemporáneos, tan solicitados por sus deberes profesionales, domésticos y otros.

 En estas condiciones decidió remontarse únicamente hasta Pío IX, cuyo pontificado (1846-1878), de venerada memoria, inaugura la serie de los que se podrían calificar como Papas contemporáneos; es decir, los que gobernaron la Santa Iglesia a partir del momento en que cesaron las convulsiones resultantes, de modo más o menos inmediato, de la Revolución Francesa.

 En realidad, la lectura atenta de todos estos documentos de Pontífices anteriores y posteriores a Pío XII muestra cómo sólo este último trató metódicamente el tema, explicando qué es la Nobleza, cuál fue su misión en el pasado y cuál era en los días en que Su Santidad hablaba; misión ésta que continúa siendo fundamentalmente la misma en los días de hoy. Por esta razón, le ha parecido oportuno al autor ofrecer al público de lengua española la transcripción íntegra de las referidas alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana.

 El tema tratado en este libro fue también objeto de referencias en las alocuciones dirigidas por Pío XII y sus sucesores a la Guardia Noble Pontificia; pero como dichas alocuciones presentan un interés menor para este trabajo, no figura en la obra el respectivo texto completo, aunque algunas son citadas a lo largo de la misma.

 Análogo procedimiento se ha seguido con los demás documentos pontificios que tratan de paso este asunto. Se ha abierto entre ellos una única excepción para la alocución de Benedicto XV al Patriciado y a la Nobleza romana del 5 de enero de 1920, cuyo texto también publicamos íntegro. El autor explica fácilmente esta excepción: Benedicto XV trata allí del tema con una profundidad y amplitud tales, que colocan dicha alocución en condiciones de figurar en la insigne colección de enseñanzas dedicadas por Pío XII ex profeso a la materia.

 Al tratarse de discursos de agradecimiento y salutación, que se renovaban cada nuevo año con ocasión de los votos presentados por el Patriciado y la Nobleza romana, forzoso era que apareciese en ellos una cierta repetición temática. Pío XII supo soslayar este inconveniente ofreciendo siempre aspectos nuevos del tema, y extendiéndolo hasta sus contornos más amplios y sus más ricas profundidades. Esto es lo que notará el lector si se toma la molestia de confrontar los textos cuya temática pueda parecerle a primera vista idéntica.

Hacemos notar también que, a lo largo del texto, el lector encontrará otros temas relacionados con el asunto de la presente obra, como por ejemplo:

 la formación orgánica de las elites tradicionales análogas a la Nobleza;

los conceptos revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad esparcidos en todo el mundo por la Revolución Francesa en contraposición a los conceptos correlati­vos de la doctrina católica;

la doctrina católica sobre las formas de gobierno: monarquía, aristocracia y democracia;

la indispensable necesidad de que exista la Nobleza en una sociedad auténticamente católica.

Estos y otros asuntos forman una especie de corona en tomo al tema central de este libro: la función social de la Nobleza y de las élites tradicionales análogas en la sociedad contemporánea. También han sido ellos objeto de luminosas enseñanzas pontificias y de importantes comentarios de Santos y Doctores de las más variadas épocas. Para satisfacer el natural deseo del lector que quiera profundizar los temas arriba indicados, el autor completa el presente volumen no sólo con una muy expresiva selección de documentos, sino también con nuevas observaciones y reflexiones que enriquecen los ya tan importantes comentarios que publicó en “Catolicismo”, en 1956.

Convencida de corresponder al anhelo del lector ávido de un acontecimiento exacto, sereno y profundo sobre la Nobleza y las élites tradicionales análogas, TFP-Covadonga hace llegar al público el presente trabajo.

Madrid, 19 de marzo de 1993

Fiesta de San José,

Príncipe de la Casa de David y Obrero

Sociedad Española de Defensa de la Tradición Familia y Propiedad

TFP- Covadonga

*   *   *

Difundido en Uruguay por la Sociedad Uruguaya de Defensa de la Tradición Familia y Propiedad -TFP


CAPITULO I

Deshaciendo objeciones previas

Cuando se viaja en tren, el orden normal consiste en que el maquinista y los pasajeros ocupen sus respectivos lugares, el jefe de estación dé la señal, y el convoy se ponga en movimiento.

 

Así, también en un trabajo intelectual debe comenzarse por exponer los principios preliminares, justificarlos criteriológicamente si es preciso, y entrar después en el cuerpo de la doctrina.

 

Sin embargo, cuando la psicología de muchos lectores parece estar prevenida contra la materia que va a ser tratada, o incluso manifiesta prejuicios muy arraigados respecto a ella, la situación del escritor es como la de un maquinista que —tras haber ocupado ya los pasajeros sus respectivos asientos— se da cuenta de que la vía está abarrotada de obstáculos. El viaje no comenzará entonces con la salida del tren, sino apartándolos; pues sólo después de haberlo hecho podrá ésta tener lugar

 

De modo análogo, son tantos los obstáculos que se encuentran ante la materia tratada en la presente obra, es decir, son tantos los prejuicios que colman la mentalidad de numerosos lectores respecto a la Nobleza y a las élites tradicionales análogas, que el asunto sólo puede ser tratado después de que hayan sido apartados.

 

Queda explicado de este modo lo que pudiera haber de extraño o inusual en el título y contenido de este primer capítulo.

 

1.  Sin perjuicio de una justa y amplia acción en pro de los 

trabajadores, oportuna actuación a favor de las élites

 

No es necesario recordar que hoy en día se habla mucho de reivindicaciones sociales en favor de los trabajadores. La solicitud así manifestada es, en principio, altamente loable y digna de ser apoyada por todos los espíritus rectos.

 

Sin embargo, insistir unilateralmente en pro de la clase obrera sin tomar en consideración los problemas y necesidades de otras clases —a veces cruelmente afectadas por la gran crisis contemporánea— supone olvidar que la sociedad se compone de clases diversas, con funciones, derechos y deberes específicos y no únicamente de trabajadores manuales. La formación de una sola sociedad sin clases en el mundo entero es una utopía que ha sido tema invariable de los sucesivos movimientos igualitarios que hicieron eclosión en la Europa cristiana a partir del siglo XV, y es predicada principalmente en nuestros días por socialistas, comunistas y anarquistas. (1)

 

Las TFPs y bureaux TFP difundidos por Europa, las tres Américas, Oceanía, Asia y Africa son muy favorables a que se hagan para la clase de los trabajadores todas las mejoras oportunas; pero no pueden hacer suya la idea de que dichas mejoras impliquen la desaparición de las demás clases, o una tal mengua de su significado, deberes, derechos y funciones específicas en favor del bien común que equivalga a su virtual extinción. Empeñarse en resolver la cuestión social achatando todas las clases en ilusorio beneficio de una sola, supone provocar una auténtica lucha de clases, ya que suprimirlas todas en beneficio exclusivo de la dictadura de una sola —el proletariado— supone reducir a las demás a la alternativa de aceptar su legítima defensa o la muerte.

 

No se puede esperar de las TFPs que estén de acuerdo con este proceso de achatamiento social. Es menester que todos nuestros contemporáneos bien orientados, en colaboración con las múltiples iniciativas que hoy se desarrollan en pro de la paz social por medio del justo y necesario apoyo a los trabajadores, desenvuelven en favor del orden social una actuación opuesta a la de socialistas y comunistas, que lleva hacia la lucha de clases; y para que el orden social exista, es condición necesaria que a cada clase le sea reconocido lo que en derecho le corresponde para subsistir dignamente, así como que cada una de ellas, respetada en sus derechos específicos, se sienta capaz de cumplir los deberes que le corresponden en orden al bien común.

 

En otros términos, es indispensable que la acción a favor de los obreros se conjugue con otra a favor de las élites.

 

Si la Iglesia se interesa por la cuestión social no es porque ame exclusivamente a los obreros; no es Ella un partido laborista fundado para proteger una sola clase social; Ella ama, más que a las diversas clases consideradas cada una aisladamente y sin nexo con las demás, la Justicia y la Caridad que se empeña en hacer reinar entre los hombres; y por eso ama a todas las clases sociales.., incluso a la Nobleza, tan combatida por la demagogia igualitaria. (2)

 

Estas consideraciones llevan naturalmente al tema del presente libro. Es un hecho que, por un lado, Pío XII reconoce a la Nobleza una importante y peculiar misión en el conjunto de la sociedad contemporánea; misión ésta que, como se comentará más adelante, corresponde análogamente, en considerable medida, a otras élites sociales. El Soberano Pontífice lo hace en las catorce magistrales alocuciones pronunciadas en las audiencias de felicitación por Año Nuevo concedidas al Patriciado y a la Nobleza romana en los años de 1940 a 1952, y nuevamente en l958. (3)

 

Por otro lado, nadie ignora la ingente y multiforme ofensiva que se mueve en todo el mundo contemporáneo para mengua o extinción de la Nobleza y demás élites. Basta constatar la avasalladora presión que por todas partes se ejerce en el sentido de hacer abstracción, replicar o disminuir de manera incesante su papel.

 

En alguna medida, pues, la actuación a favor de la Nobleza y de las élites es hoy más oportuna que nunca. Cabe, por tanto, formular con arrojo y serenidad la siguiente afirmación: en nuestra época, en la cual tan necesaria se ha vuelto la opción preferencial por los pobres, también se hace indispensable una opción preferencial por los nobles, mientras se incluyan también en esta expresión otras élites tradicionales expuestas al riesgo de desaparecer y dignas de apoyo.

 

Esta afirmación podrá parecer absurda dado que, en teoría, la condición obrera está más próxima a la pobreza que la condición nobiliaria, y es notoria la existencia de muchos nobles dotados de grandes fortunas.

 

De grandes fortunas, a veces, sí; pero corroídas en general por una persecución tributaria implacable, que nos pone continuamente ante los ojos el espectáculo consternador de señores obligados a transformar una buena parte de sus palacios o casas solariegas en hoteles o residencias turísticas, mientras que ellos mismos ocupan tan sólo una parte de la mansión familiar; de palacios en los que el propietario sirve al mismo tiempo de conservador y de cicerone —si no de barman—, mientras que su esposa se ocupa afanosamente en trabajos a veces no distantes de la condición servil, a fin de mantener limpia y presentable la casa de sus mayores.

 

Contra esta persecución —que reviste, por cierto, otras formas, como ocurrió con la extinción de los mayorazgos y la partición obligatoria de las herencias— ¿no cabe una opción preferencial a favor de los nobles?

 

No, si la Nobleza debe ser considerada una clase parasitaria de dilapidadores de sus propios bienes; pero esta imagen de la Nobleza, que forma parte de la leyenda negra de la Revolución Francesa de 1789 y de las que la siguieron en Europa y en el mundo, es rechazada por Pío XII. Aun cuando afirma claramente que se han dado en sus medios abusos y excesos de la mayor gravedad, dignos de severa censura por parte de la Historia, describe, en términos conmovidos la consonancia de la misión de la Nobleza con el orden natural de las cosas instituido por el propio Dios, así como el carácter elevado y benéfico de esa misión. (4)

 

  2.  La Nobleza: una especie dentro del género élites tradicionales

 

Aparecerá con frecuencia en la presente obra la expresión élites tradicionales.Con ella se designa una realidad socio-económica que se puede describir como sigue.

 

Según los textos pontificios más adelante comentados, la Nobleza constituye bajo todos los puntos de vista una élite, la más alta de ellas; pero no es, ciertamente, la única, sino una especie dentro del género.

 

Hay élites que lo son por participar de las funciones y rasgos específicos de la Nobleza, y hay otras que ejercen diversas funciones en el cuerpo social, pero que no dejan por ello de tener una dignidad peculiar. Hay, por tanto, ¿lites no nobiliarias ni hereditarias ex natura propria. Así por ejemplo, la condición de profesor universitario incorpora en plena justicia a sus titulares a lo que se puede llamar élite de una nación; lo mismo ocurre con la condición de militar, de diplomático y otras análogas.

 

Esas varias ramas de la actividad humana, como ya se ha dicho, no constituyen hoy privilegio de la Nobleza; esto no obstante, son no pocos los nobles que a ellas se dedican, y a nadie se le ocurre que, al hacerlo, esos nobles decaigan ipso facto de su condición; por el contrario, el ejercicio de esas actividades da fácilmente ocasión a que el noble marque su actuación en ellas con la excelencia de los atributos específicos de la Nobleza. (5)

 

En esta enumeración de élites no se debe olvidar a aquellas que propulsan la vida económica de una nación en la industria y el comercio, funciones no sólo lícitas y dignas, sino también de una evidente utilidad. Sin embargo, la meta inmediata y específica de tales profesiones es el enriquecimiento de quienes las ejercen; o sea, es sólo enriqueciéndose a sí mismos como, ipso facto y por una consecuencia colateral, enriquecen a la nación.

 

Esto no basta, por sí solo, para dotar con algún carácter de Nobleza a quienes ejercen esas profesiones. En efecto, es indispensable una particular dedicación al bien común —y especialmente a lo que éste tiene de más precioso, que es el cuño cristiano de la civilización— para que se pueda conceder esplendor nobiliario a una élite. No obstante, cuando las circunstancias proporcionan a industriales o comerciantes la ocasión de prestar servicios notables al bien común con sacrificio relevante de intereses personales legítimos —y siempre que dichos servicios sean prestados efectivamente— ese esplendor brille también en todos aquellos que hayan desarrollado con la correspondiente elevación de espíritu su actividad comercial o industrial.

 

Es más: si, en una familia no noble, por una feliz conjugación de circunstancias un mismo linaje ejerce a lo largo de varias generaciones alguna de estas actividades, este mismo hecho bien puede ser tenido como suficiente para elevar dicho linaje a la condición de noble.

 

Algo de esto ocurrió con la Nobleza veneciana, constituida habitualmente por comerciantes. Como esta clase ejerció el gobierno de la Serenísima República, y tuvo así en sus manos el propio bien común de aquel Estado y lo elevó a la condición de potencia internacional, no sorprende que dichos comerciantes hayan accedido a la condición de nobles de un modo tan efectivo y auténtico que asumieron todo el alto tono de cultura y maneras de la mejor Nobleza militar y feudal.

 

Hay, por otro lado, élites tradicionales fundadas ya desde su inicio en capacidades y virtudes cuya transmisibilidad a través de la continuidad genética o del ambiente y educación familiares es patente. (6)

 

Cuando dicha transmisibilidad manifiesta sus efectos y, en consecuencia, se constituyen familias —y no raramente vastos conjuntos de familias— que de generación en generación se destacan por sus señalados servicios al bien común, surge así una élite tradicional.

 

En ella se alía a la condición de élite el valioso predicado de ser tradicional; y, muchas veces, no se constituye formalmente como clase noble por el mero hecho de que la legislación de muchos países —influenciada por las doctrinas de la Revolución Francesa— veda al Poder público otorgamiento de títulos de Nobleza. En ese caso se encuentran no sólo ciertos países europeos, sino también los del continente iberoamericano.

 

Esto no obstante, las enseñanzas pontificias sobre la Nobleza son en gran medida aplicables a esas élites tradicionales por fuerza de analogía de situación; de ahí la importancia y actualidad de esas enseñanzas pontificias también para quienes, aun siendo portadores de auténticas y elevadas tradiciones familiares, no han sido honrados con un Título de Nobleza, pero a quienes corresponde una noble misión en sus respectivos países a favor del bien común y de la Civilización Cristiana.

 

Mutatis mutandis, lo mismo se puede decir de las élites no tradicionales, en la medida en que se van haciendo tradicionales. 


NOTAS

1)  Cfr. PLINIOCORRÉA DE OLIVEIRA, Revolución y Contra-Revolución, Editorial Femando III el Santo, Bilbao, 1978, PP. ~ y 65-73.

2)  Cfr. Capítulo IV, 8; Capítulo V, 6.

3)   El Patriciado romano se subdividía en dos categorías: a) Patricios romanos, que descendían de aquellos que habían ocupado en la Edad Media cargos de gobierno civil en la Ciudad Pontificia; y b) Patricios romanos conscriros, los cuales pertenecían a alguna de las sesenta familias que el Soberano Pontífice había reconocido como tales en una bula especial, en la cual se las citaba nominalmente. Constituían la flor y nata del Patriciado romano. La Nobleza romana estaba también subdividida en dos categorías: a) Los nobles que descendían de los feudatarios, es decir, de las familias que habían recibido un feudo del Soberano Pontífice; y b) los nobles simples. cuya nobleza les venía de haberles sido atribuido un cargo en la Corte, o directamente de una concesión pontificia. De las alocuciones de Pío XlI al Patriciado ya la Nobleza romana, las de 1952 y 1958 compendiaban todo lo que el Pontífice dijo en las anteriores. En 1944 hubo una alocución extraordinaria, pronunciada el 11 de julio, en la  cual Pío XII agradeció a familiares de la Nobleza de Roma la ofrenda de una generosa suma de dinero para ayuda a los necesitados. Entre 1953 y 1957, Pío XII no hizo alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana; las reanudó más tarde al pronunciar una alocución en enero de 1958. El Pontífice falleció el 9 de octubre de ese año

 4) Cfr. Alocuciones al Patr. Nob. Rom. 1943

 5) Cfr. Capítulo IV, 3 y 7; Capítulo VI, 2, b.

 6) Cfr. Capítulo V, 2.

 

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