Ambientes - Costumbres - Civilizaciones

Dos cuadros, dos mentalidades, dos doctrinas

Plinio Corrêa de Oliveira

Catolicismo N° 6 Junio de 1951

Haga el lector un ejercicio de fantasía, y suponga que le sea posible, regresar a los tiempos de Cristo, y entrar en una habitación modesta donde vivía la Sagrada Familia en Nazaret. Al entrar usted encuentra a la Virgen jugando con el Niño; y que dichas personas fuesen exactamente como Rouault (siglo XX) los imaginó en el cuadro que reproducimos a su derecha. ¿Esa visión colmaría su expectativa? ¿Corresponde a lo que se debería esperar de la madre de Dios, y del propio Verbo Encarnado? ¿Encontraría en esas figuras un reflejo auténtico del espíritu cristiano, de las virtudes inefables de Jesús y María? Evidentemente no.

 Por lo tanto, quien se empeñe en que el arte cristiano refleje de modo digno y apropiado el espíritu de los Evangelios y de la Iglesia, no puede ser indiferente a que cuadros de este género se generalicen entre los fieles. 

¿Qué es lo que terminará pensando y sintiendo sobre la Sagrada Familia un pueblo que tenga frente a sí obras pictóricas o escultóricas de este jaez? El arte cristiano tiene la misión de auxiliar dentro de sus posibilidades peculiares la difusión de la sana doctrina, y no se puede  considerar que el espíritu de este cuadro sea propicio para dicho fin.

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Para aclarar mejor estas afirmaciones, consideremos cuanto es eficaz por lo contrario este cuadro del “Maitre de Moulins”, (siglo XV) representando también a la Virgen y el Niño, para hacer comprender por los sentidos lo que la Iglesia nos enseña sobre Jesús y María.

 

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