Ambientes - Costumbres - Civilizaciones
Vejez:
¿Decrepitud o Apogeo?
Plinio Corrêa de Oliveira
Catolicismo N°23 Noviembre de 1952
En
el número de Diciembre de 1951, confrontamos dos fotografías de Churchill, de
joven y maduro, para demostrar como se engaña el mundo moderno cuando sólo ve
en el envejecimiento una decadencia. Cuando se sabe apreciar más los valores
del espíritu de que los del cuerpo, envejecer es crecer en lo que el hombre
tiene de más noble, que es el alma, si bien que signifique la decadencia del
cuerpo, que es apenas el elemento material de la persona humana.
¡Y
que decadencia! Es verdad que el cuerpo pierde su belleza y vigor. Pero éste se
enriquece con la transparencia de un alma que a lo largo de la vida supo
desarrollarse y creer. Transparencia esta que constituye la más alta belleza de
que la fisonomía humana sea capaz.
Santa
María Eufrasia Pelletier, nació en la Vandée, Francia en 1796, fundadora de
una Congregación docente femenina, falleció en 1868. Su fiesta se celebra el día
24 de abril.
Nada de lo que signifique hermosura le faltó en su juventud, la perfección de los trazos, la belleza de los ojos y del cutis, la distinción de su fisonomía, la nobleza de porte, la elegancia y la gracia de la juventud.
Agregamos: el esplendor de un alma clara, lógica, vigorosa, pura, reflejándose fuertemente en su faz.
Es el tipo magnífico de joven cristiana.
Veamosla
en su ancianidad. Del encanto de los viejos
tiempos,
resta apenas un vago perfume. Pero otra hermosura más alta brilla en este
semblante admirable. ¡La mirada ganó en profundidad, una serenidad noble e
imperturbable parece preanunciar en ella algo de la nobleza trascendente y
definitiva de los bienaventurados en la gloria celestial!
El
rostro conserva el vestigio de las arduas batallas de la vida interior y apostólica
de los Santos. Alcanzó algo de fuerte, de completo, de inmutable: es la madurez
en el más bello sentido de la palabra. La boca es un trazo rectilíneo, fino,
expresivo, que trae la nota típica de un templanza de hierro. Una gran paz, una
bondad sin
romanticismo ni ilusión, con algún resto de la antigua belleza, refleja aún
esta fisonomía.
El
cuerpo decayó, pero el alma creció tanto, que ya está toda en Dios, y hace
pensar en la palabra de San Agustín: nuestro corazón, Señor, fue creado para
Vos, y sólo está en paz, cuando reposa en Vos.
¿Quién osaría afirmar que, para Santa María Eufrasia, envejecer fue lo mismo que decaer?
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