Ambientes - Costumbres - Civilizaciones

Catolicismo, N° 152 - Agosto de 1963

 

La constancia del pagano

 

brota del orgullo

Plinio Corrêa de Oliveira

 

En Saigón, el día 11 de junio p.p., ocurrió un hecho que alcanzó rápidamente repercusión mundial.

Los budistas de Vietnam del Sur alegando que no gozan de paridad de condiciones con los católicos, están instrumentando hace ya algún tiempo una gran campaña contra el gobierno Ngo Dihn Diem, al que acusan de favorecer a la Santa Iglesia.

A lo que parece, esa “acusación”; que sólo se traduce en gloria para el Presidente sudvietnamita, repercutió  mucho menos de lo que los budistas deseaban en la población. Sólo así se explica que ellos hayan preparado, en una plaza central de Saigón, un espectáculo destinado a estremecer a sus correligionarios  e impresionar a la opinión pública mundial.

En el momento que, junto a la presencia del Jefe de Estado, de los miembros del gobierno y del cuerpo diplomático, se celebraba en la Catedral una Misa solemne por el alma del llorado Pontífice Juan XXIII, los sacerdotes budistas, de cabeza afeitada y usando  sus característicos trajes amarillo-azafrán, salían indignados de una pagoda donde habían realizado una ceremonia religiosa. Los precedía un automóvil. Llegando al lugar combinado, el vehículo se detuvo descendiendo tres bonzos. Al mismo tiempo los manifestantes formaban un círculo en torno del auto, impidiendo de esa manera la aproximación de otras personas.

Uno de los bonzos que descendiera del auto, el septuagenario Tchic Quang-duc, se sentó con las piernas cruzadas y las manos juntas. Sus dos compañeros derramaron gasolina sobre él. Quang-duc prendió fuego a sus propios trajes, y el bonzo suicida se convirtió en una antorcha viva, permaneciendo inmóvil hasta que su cuerpo quedase totalmente carbonizado, cayendo hacia atrás.

Cuando el cadáver se terminó de quemar, ocho monjes desplegaron una bandera budista, que llevaron en manifestación por las calles.

Durante la lamentable escena, la policía intentó intervenir, siendo impedida de actuar por los bonzos, que se resistían a los gritos. Los policías sin embargo detuvieron a 51 monjas y a otras 10 mujeres que sentadas en círculos cerca del lugar donde ocurriera el suicidio, entonaban cantos religiosos en alabanza de Quang-duc.

 

Nos abstenemos de comentar aquí el furor contra la Santa Iglesia de Dios, que llevó al bonzo a matarse. Consideramos apenas el simple hecho del suicidio.

Aquellos que conservan algún grado de moral, no puede dejar de tener horror al asesinato. Máxime cuando el asesino, en una verdadera aberración, usa contra si mismo el arma mortífera.

Digamos que ese crimen, calificado como tal por la moral cristiana y por todos los Códigos que de ella recibieran su beneficiosa inspiración, fue practicado por el bonzo Quang-duc en un acto plenamente aprobado por su secta. En efecto, la lúgubre acción fue efectuada  como siendo una continuación de la ceremonia realizada en la pagoda. El suicida era bonzo, bonzos eran los dos cómplices –los que según nuestro Código Penal son criminales- incumbidos de rociar con gasolina las vestimentas del anciano. Bonzos eran los que, también cómplices, enfrentaron a la policía para que el suicida no recibiese socorro. Budista fue la bandera que en señal de triunfo se desplegó, cuando se consumó la incineración. Y era el alma del budismo que se manifestaba en las canciones de las monjas y las otras mujeres que después exaltaron el innoble hecho.

¿Porqué motivo “Catolicismo” publica todo esos pormenores? ¿Porqué publica esas horrendas fotografías?

Para alcanzar de modo eficiente y vivo, un fin muy importante: armar a sus lectores con un argumento claro, palpable, actual, para demostrar a terceros cuanto hay de absurdo y de falso en la afirmación tan corriente en nuestros días, de que todas las religiones son buenas.

¿Es buena una religión que usa el suicidio para esto?

Pero, alguien dirá, ¿ese bonzo no mostró un real heroísmo? ¿No tenía razón la agencia de noticias que lo calificó de mártir?

Para demostrar cuán es errado este modo de razonar, apelamos a la autoridad del gran Doctor de la Iglesia, San Bernardo.

En el año de 1143 algunos miembros de una secta maniquea fueron presos en Colonia y llevados a ser juzgados en un tribunal. Como se negaron a abjurar de su herejía, el populacho, se apoderaró de ellos  y los quemaron vivos en una hoguera. Soportaron sus sufrimiento no sólo con fuerte ánimo, sino también con manifestaciones de alegría. Uno de los jueces impresionado escribió a San Bernardo pidiendo una explicación para dicho misterio.

Esta es la respuesta del Santo, que comienza diciendo que aprobaba el celo de la multitud, pero no la acción de arrebatar los reos de las manos del tribunal: “Algunos fieles quedaron espantados de ver a esos herejes ir para la muerte con júbilo y alegría. Se manifiesta tal espanto porque no comprenden suficientemente cuán grande es la fuerza de Satanás no sólo sobre los espíritus y corazones, sino también sobre los cuerpos de aquellos que se entregan a él. ¿Que diferencia hay entre un hombre que se violenta a si mismo, del que voluntariamente se somete a la violencia de otro? Entretanto el demonio puede prevalecer sobre muchos para que hagan esto. Es con frecuencia que  oímos de personas que miserablemente se ahogaron o se ahorcaron por sugestión suya. Fue sin lugar a dudas, el demonio que persuadió a Judas a poner fin a su vida. Me parece aún mayor y más espantosa manifestación de fuerza, que él pudiese colocar en el corazón del Apóstol infiel el designio de traicionar a su Maestro, de que inducirlo a ahorcarse. No hay, en consecuencia, comparación entre la constancia de los santos mártires y la obstinación demostrada por esos herejes. En el caso de los primeros, el desprecio por la muerte es un efecto de la piedad; en los últimos, nace ese desprecio en la dureza de su corazón. El sufrimiento es el mismo para todos, pero la disposición son totalmente opuestas” (“Life and Teaching of St. Bernard”, Aibe. L. Luddy O. Cist.. –Dublin, 1927-p.492).

A ese propósito, el autor de la obra aquí citada acrecienta: “San Agustín, explica del mismo modo la diferencia entre la fortaleza revelada por los mártires cristianos y la de los infieles: ‘La constancia del pagano brota del orgullo; la del cristiano, de la caridad’ (Contra Juliano I, I). 'No es el sufrimiento, sino la causa que hace a el mártir’ (In. Ps. LXXXIV). Y de aquellos que murieron por el error dice él: ‘Corrieron bien, pero fuera de la pista – Bene cucurrerunt sed extra via’ La misma explicación es dada por el II Concilio de Orange, can 17” (ibid).

 

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