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Catolicismo N° 89 - 1958

La alegría que el demonio promete pero no da

Plinio Corrêa de Oliveira

Escena tomada en Italia, en la Isla de Ischia, después de una tempestad. La naturaleza recobró sus aspectos risueños, y, acompañada de sus hijos, o quizás de sus nietos, una campesina ya anciana sube una ladera. El camino no es asfaltado, a su vera no hay cines, ni bares, ni vidrieras, ni anuncios vistosos. En este grupo nadie sueña en tener “cadillac” o ni siquiera una “lambretta”. Están todos descalzos, y vestidos como gente pobre.

Entretanto, qué saludables son, cómo su alma transborda esas alegrías simples y fundamentales de la vida del campo, que la tradición milenaria de la austeridad cristiana les hace tan bien sentir. Están alegres porque tienen salud, porque el aire es puro, porque el campo es bello, porque están radicados en un ambiente de familia lleno de amor sin sentimentalismos pero rico en sentido de sacrificio y mutua dedicación. En la simplicidad de sus maneras, se agrupan, entretanto, en torno de la figura central en una actitud de verdadera veneración. Y, en esta veneración, ¡cuánto afecto, cuánta confianza!

Estamos lejos de menospreciar los bienes que la civilización y la cultura proporcionan. Entretanto, vivimos en una época en la cual, por un monstruoso desvío debido al neopaganismo, la civilización y la cultura despiertan en el hombre apetitos y ambiciones insaciables, y los placeres artificiales destruyen el sentido cristiano de austeridad y de sacrificio. Las pasiones desencadenadas eliminan una cierta frescura de alma, por la cual se pueden degustar las satisfacciones temperantes de una vida cotidiana consagrada a la oración, al deber y a la familia. Y para las víctimas de ese proceso, la existencia se transforma en una correría trágica en procura del oro, en una farándula frenética en torno de los placeres de la carne.

La vida no nos fue dada para ser felices, sino para rendir gloria a Dios. Entretanto, importa notar que hasta desde el punto de vista de la felicidad terrena el neopaganismo es pésimo negocio. Pues hay más alegría en una sociedad austera y cristiana, aunque sea muy simple, que en las pompas falaces de una supercivilización -o tal vez mejor una pseudo civilización- que puso toda su felicidad en los deleites de la sensualidad o en las ilusiones del dinero.

 

* * *

 

Esta otra instantánea fue tomada en la calle Mouffetard, en París.

Empuñando dos botellas, un niño camina rumbo a su casa. Lleva el abastecimiento para dos días de fiesta: sábado y domingo.

¡Qué modesto lujo! ¡Qué alegría triunfal y transbordante!, entretanto; ¿cómo puede un tan magro deleite alegrar tanto a alguien?

Se trata evidentemente de un niño de ambiente muy simple, vestido con extrema modestia si bien que sin penuria. En medios como el suyo, se conserva no raras veces, mismo en las grandes ciudades, una casta y austera alegría de vivir una vida cotidiana simple, trabajosa, pero inspirada directa o indirectamente por el influjo sobrenatural y bienhechor de la fe. En una tal situación se acumulan reservas de paz de alma, de vitalidad y virtuosa energía, que vibran con cualquier pequeño regalo suplementario y con él se contentan. En la mesa de una familia así, basta un poco de largueza mayor en el comer y en el beber, para ocasionar una gran alegría.

Una vez más, con esto se ve que no es la abundancia de oro y mucho menos los excesos de la lujuria, que dan al hombre la medida de felicidad posible en esta tierra. Por el contrario, es en la mortificación, en la sobriedad, en la integración seria y efectiva en una vida cotidiana normal y a veces penosa, que el hombre adquiere aquel virtuoso equilibrio que le da el gusto de vivir.

Pero, después que la humanidad abandonó a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santa Iglesia, todos estos valores morales que viven de la savia de la gracia comenzaron a declinar.

Cuando el demonio promete algo al hombre, es precisamente eso que le robará.

¡Y al hombre de Occidente, desde los albores de su apostasía en el siglo XIV, lo que el demonio viene prometiendo es una civilización que multiplique por la técnica las riquezas y los deleites de la volupia, produciendo una mayor alegría de vivir!

A tal punto la mentira fue total, que la Iglesia, por los labios de Pío XII, en el Mensaje de Navidad de 1957, tuvo que proteger contra la desesperación a millones de almas que, presas en las garras de esta civilización, llegaron a sustentar que la vida es un mal, el universo un error, y Dios un mito.

Fotos de Henri Cartier-Bresson

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