Ambientes - Costumbres - Civilizaciones
La verdadera gloria sólo nace del dolor
Plinio
Corrêa de Oliveira
A
lo lejos una multitud asiste –con el habitual entusiasmo, como es natural- a un desfile de los granaderos de la Reina en su
uniforme de gala.
Desde
hace mucho, la táctica militar volvió inútiles uniformes como estos,
pantalones negros, chaqueta roja con cinturón y correas blancas, guantes
blancos y un gran gorro de piel. Pero él se conserva para efectos morales:
mantener la tradición del ejército y hacer sentir al pueblo el
esplendor de la
vida militar.
La
gloria, en efecto, debe expresarse con símbolos. De ellos se sirve Dios para
manifestar a los hombres Su propia grandeza. Y en esto, como en lo demás
debemos imitar a Dios. Ahora, el uniforme de los granaderos, su marcha
impecablemente acompasada y alineada, la ufanía con que el portaestandarte
conduce el pendón nacional y el tambor mayor indica el rumbo de la marcha, el
redoble de los tambores y el toque de los clarines, todo, en una palabra,
expresa la belleza moral inherente a la vida militar: elevación de
sentimientos, abnegación hasta la sangre, fuerza para emprender, arriesgar y
vencer, disciplina, gravead, heroísmo.
Hay
gloria, y verdadera gloria, brillando en todo este ambiente.
Pero,
al final, ¿la gloria es sólo esto? ¿Consiste en vestir uniformes anacrónicos,
ejecutar maniobras que ya no tienen ninguna relación real con la batalla
moderna, tocar tambores y clarines, y pisar firme en el suelo para adquirir para
sí y dar a los otros la impresión de que es un héroe? ¿Consiste en avanzar
valientemente en un campo sin obstáculos ni riesgos, como quien va al encuentro
de un enemigo que no está presente?, ¿y ganar cómo premio los aplausos
calurosos de la multitud? ¿Esto es la gloria? ¿O es teatro, representación,
opereta?
En
nuestra segunda foto tenemos la otra cara de la gloria militar. Inmerso
enteramente en la tragedia de la lucha armada este joven soldado americano de la
guerra de Corea parece no tener una edad definida. De la juventud tiene él la
robustez. Pero el brillo y la lozanía desaparecieron. Su piel curtida por días
enteros de viento y tempestad, parece haber tomado una consistencia no muy
distintas a la del cuero. En el traje ni la más leve preocupación de
elegancia: todo está dispuesto para abrigarse contra la crudeza del clima y
permitir movimientos desenvueltos y ágiles, en el lodo, en la selva, en los
picos de los montes, bajo la acción implacable de los bombardeos.
La
lucha, la resistencia y el avance son los objetivos a que todo está ordenado en
este hombre. Su fisonomía desde hace mucho tiempo no es iluminada por una
sonrisa, su mirada parece inmovilizada en la vigilancia continua contra los
hombres y los elementos.
En
él no hay preocupación de los grandes lances, ni de los gestos teatrales. Está
vuelto hacia las mil trivialidades de la auténtica vida cotidiana de las
guerras. No quiere representar ante sí o ante los otros un gran papel. Quiere
la victoria de una gran causa. Es
lo que explica su seriedad, su dignidad y su fuerza de resistencia.
El
está penetrado entero y hasta las últimas fibras por un gran cansancio y un
gran dolor. Pero es un cansancio menor que la inflexible resistencia de alma y
cuerpo que lo supera y vence. Un dolor conscientemente sentido y aceptado hasta
sus últimos límites y consecuencias, por amor a la causa por la que está
luchando.
Esta
es la cara dolorosa y tal vez trágica de la vida militar. En esto es que está
el merito, de ahí es que nace la gloria.
Uniformes
vistosos, armas relucientes, marchas acompasadas, desfiles aparatosos, clarines,
tambores, aplausos sinfín de una asistencia extasiada, todo esto son
exteriorizaciones legítimas, incluso necesarias, en la medida en que se
expresan un deseo de luchar y de sacrificarse por el bien común. Pero todo eso
no pasaría de opereta, si este coraje no fuese auténtico y comprobado, como lo
es, hélas, en los granaderos
de la Reina Isabel II.
Consideraciones
de orden natural, es verdad. En ellas podemos, no obstante, recoger material
para elevarnos a un campo más alto.
La
vida de la Iglesia y la vida espiritual de cada fiel son una lucha incesante. A
veces, Dios da a su Esposa días de una espléndida grandeza visible, palpable.
El da a las almas momentos de consolación interior o exterior admirables.
Pero la verdadera gloria de la Iglesia y del fiel resulta del sufrimiento y de la lucha.
Lucha
árida, sin belleza sensible, ni poesía definible. Lucha en que se avanza a
veces en la noche del anonimato, en el lodo del desinterés o de la incomprensión,
bajo las tempestades y el bombardeo desencadenados por las fuerzas conjugadas
del demonio, del mundo y de la carne. Pero, lucha que llena de admiración a los
Angeles del Cielo y atrae las bendiciones de Dios.