El
Libro de la Confianza
-CAPITULO I-
¡Confianza!
Nuestro
Señor Jesucristo Nos Convida a la Confianza
Voz
de Cristo, voz misteriosa de la gracia que resonáis en el silencio de los
corazones, Vos murmuráis en el fondo de nuestras conciencias palabras de
dulzura y de paz. A nuestras miserias presentes repetís el consejo que el
Maestro daba frecuentemente durante su vida mortal: "¡Confianza,
confianza!"
Al
alma culpable, oprimida bajo el peso de sus faltas, Jesús decía: "Confía,
hijo; tus pecados te son perdonados".
(Mat.
9,2) "Confianza", decía
también a la enferma abandonada que sólo de El esperaba la curación, "tu
fe te ha sanado"(Mat. 9,22). Cuando los Apóstoles temblaban de pavor viéndole
caminar, por la noche, sobre el lago de Genasaret, El les tranquilizaba con esta
expresión tranquilizadora: "Tened
confianza, soy Yo, no temáis"(Mc. 6,50). Y en la noche de la Cena, conociendo
los frutos infinitos de su sacrificio, El lanzaba, al partir hacia la muerte, el
grito de triunfo: "¡Confiad! ¡Confiad!
¡Yo he vencido al mundo!"
Esta
palabra divina, al salir de sus labios adorables, vibrante de ternura y de
piedad, obraba en las almas una transformación maravillosa. Un rocío
sobrenatural les fecundaba la aridez, rayos de esperanza les disipaban las
tinieblas, una tranquila serenidad ahuyentaba de ellas la angustia. Pues las
palabras del Señor son "espíritu y
son vida" (Jn. 6,64)."Bienaventurados
más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica"
(Lc. 2,28).
Como
antaño a sus discípulos, ahora es a nosotros, a quien Nuestro Señor convida
a la confianza. ¿Porqué rehusaríamos atender su voz?
Muchas
Almas tienen Miedo de Dios
Pocos
cristianos, incluso entre los fervorosos poseen esta confianza que excluye toda
ansiedad y toda duda. Son muchas las causas de esta deficiencia. El Evangelio
narra que la pesca milagrosa aterró a San Pedro. Con su impetuosidad habitual,
él midió de un solo golpe la distancia infinita que separaba la grandeza del
Maestro de su propia pequeñez. Tembló de terror sagrado, y posternándose,
rostro en tierra, exclamó: "Señor,
apártate de mí, que soy hombre pecador"
Ciertas
almas tienen, como el Apóstol, ese terror. Ellas sienten tan vivamente la
propia indigencia y las propias miserias, que apenas osan aproximarse a la
Divina Santidad. Les parece que un Dios tan puro debería sentir repulsa al
inclinarse hacia ellas. Triste impresión, que le da a la vida interior una
actitud contrahecha, y, a veces, la paraliza completamente.
¡Cómo
se engañan estas almas!
Jesús
se acercó enseguida al Apóstol sobrecogido de espanto: "No
temas" (Lc.
5,10), le dijo, y le hizo levantarse...
¡También
vosotros, cristianos, que recibísteis tantas pruebas de su amor, nada temáis!
Nuestro Señor recela, ante todo, que tengais miedo de El. Vuestras
imperfecciones, vuestras flaquezas, vuestras faltas, aun graves, vuestras
reincidencias frecuentes, nada le desanimará en tanto que deséis sinceramente
convertiros. Cuanto más miserables sois, más compasión El tiene de vuestra
miseria, más desea cumplir, junto a vosotros, su misión de Salvador.
¿No
vino a la tierra sobre todo por los pecadores?
A
Otras Almas Les Falta La Fe
A
otras almas les falta la fe. Ellas tienen seguramente esa fe corriente, sin la
cual traicionarían la gracia del bautismo. Creen que Nuestro Señor es
todopoderoso, bueno y fiel a sus promesas; pero no saben aplicar esta creencia a
sus necesidades particulares. No están dominadas por la convicción
irresistible de que Dios, atento a sus pruebas, se vuelve hacia ellas, a fin de
socorrerlas.
Sin
embargo, Jesucristo nos pide esta fe especial y concreta. El la exigía otrora
como condición indispensable para sus milagros; y la espera, también de
nosotros, antes de concedernos sus beneficios.
"Si
puedes creer, todo es posible al que cree" (Mc. 9,23), decía al padre del niño poseso. Y en el convento de Paray-le-Monial, empleando
casi los mismos términos, repetía a Santa Margarita María: "Si
puedes creer, verás el poder de mi Corazón en la magnificencia de mi
amor...".
¿Podéis
creer? ¿Podréis llegar a esa certeza tan fuerte que nada la altera, tan clara
que equivale a la evidencia?
Esto
es todo. Cuando lleguéis a ese grado de confianza, veréis maravillas
realizarse en vosotros.
Pedid
al Maestro Divino que aumente vuestra Fe. Repetidle con frecuencia la oración
del Evangelio: "¡Creo, Señor, ayudad a mi incredulidad"
Esta
Desconfianza de Dios Nos Es Muy Perjudicial
La
desconfianza, sean cuales fueren sus causas, nos trae perjuicios, privándonos
de grandes bienes.
Cuando
San Pedro, saltando de la barca, se lanzó al encuentro del Salvador, caminó al
principio con firmeza sobre las olas. El viento soplaba con violencia. La olas
ya se levantaban en torbellinos furiosos, y socavaban en el mar abismos
profundos. La vorágine se abría delante del Apóstol. Pedro tembló... Dudó
un segundo, y luego comenzó a hundirse... "Hombre
de poca fe, le dijo Jesús, ¿por qué
has dudado?"
He
ahí nuestra historia. En los momentos de fervor nos quedamos tranquilos y
recogidos al pie del Maestro. Cuando viene la tempestad, el peligro absorbe
nuestra atención. Desviamos entonces las miradas de Nuestro Señor para
fijarlas ansiosamente sobre nuestros sufrimientos y peligros. Dudamos... y luego
¡caemos! Nos asalta la tentación. El deber se nos hace fastidioso, su
austeridad nos repugna, su peso nos oprime. Imaginaciones perturbadores nos
persiguen. La tormenta ruge en la inteligencia, en la sensibilidad, en la
carne...
Y
no hacemos pie; caemos en el pecado, caemos en el desánimo, más pernicioso aún
que la propia culpa. Almas sin confianza, ¿por qué dudamos?
La
prueba nos asalta de mil maneras; ya los negocios temporales peligran, el futuro
material nos inquieta; ya la maldad nos ataca la reputación, la muerte rompe
los lazos de las amistades más legítimas y cariñosas. Entonces, nos olvidamos
del cuidado maternal que la Providencia tiene con nosotros... Murmuramos, nos
enfadamos, y de este modo aumentamos las dificultades y el efecto doloroso de
nuestro infortunio.
Almas
sin confianza, ¿por qué dudamos?
Si
nos hubiéramos apegado al Divino Maestro con confianza, tanto mayor cuanto más
desesperada pareciese la situación, ningún mal nos sobrevendría de ella...
Habríamos caminado tranquilamente sobre las olas; habríamos llegado sin
tropiezos al golfo tranquilo y seguro, y, en breve habríamos hallado la región
hospitalaria que la luz del cielo ilumina.
Los
santos lucharon con la misma dificultad...
Muchos
de ellos cometieron las mismas faltas. Pero éstos, al menos, no dudaron... Se
levantaron sin tardanza, más humildes después de la caída, no contando desde
entonces sino con los socorros de lo Alto... Conservaron en el corazón la
certeza absoluta de que, apoyados en Dios, todo podrían. ¡No fueron engañados
en esa confianza!
Transformaos
en almas confiantes. Nuestro Señor os invita a ello; y vuestro interés así lo
exige. Os haréis, al mismo tiempo, almas iluminadas, almas en paz.
Objetivo
y División de Este Trabajo
Este
trabajo no tiene otro objetivo sino el de iniciaros en el conocimiento y práctica
de esta virtud. Aquí se expondrá de ella, muy sencillamente, la naturaleza, el
objeto, los fundamentos y los efectos.
Lector
piadoso, si alguna vez este modesto librito te cayera en las manos, no lo
apartes con desdén. El no pretende ni encantos literarios, ni originalidad.
Solamente contiene verdades consoladoras, que recogí en los libros inspirados y
en los escritos de santos. He ahí su único mérito.
Intenta
leerlo despacio, con atención, con espíritu de oración. Casi diría: ¡medítalo!
Déjate penetrar dulcemente por su doctrina. La savia del Evangelio palpita en
estas páginas. ¿Habrá para las almas mejor alimento que las palabras del Señor?
Que
al terminar esta lectura, te puedas confiar totalmente al Maestro adorable, que
todo nos dio: ¡los tesoros de su Corazón, el amor, la vida y hasta la última
gota de su sangre!
-Fin
del Capítulo I-
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