El Libro de la Confianza
Rev.
Pe. Thomas de Saint Laurent
Capítulo
II
Naturaleza y Cualidades de la Confianza
La confianza es una Firme Esperanza
Con la concisión que trae el cuño de su genio
define Santo Tomás la confianza: "Una
esperanza fortalecida por sólida convicción".(Suma:
IIa, IIIae., q.129 art.6,ad3) Palabra
profunda que no haremos sino comentar en este capítulo.
Ponderemos atentamente los términos que emplea el
Doctor Angélico: "La confianza -dice
él- es una esperanza". No una
esperanza ordinaria, común a todos los fieles; un calificativo preciso la
distingue: es "una esperanza
fortalecida". No obstante, nótese bien: no hay diferencia de naturaleza,
sino solamente de grado de intensidad.
Los albores inciertos de la aurora, así como el
esplendor del sol en el cenit, forman parte del mismo día. Así, la confianza y
la esperanza pertenecen a la misma virtud: una no es más que el desarrollo
completo de la otra.
La esperanza común se pierde por la desesperación;
sin embargo, pueda tolerar cierta inquietud... Con todo, cuando alcanza esa
perfección que hace cambiar su nombre por el de "confianza", entonces se le hace
más delicada la susceptibilidad. Y no soporta la vacilación por breve que se
imagine. La menor duda la rebajaría y la haría volver al nivel de la simple
esperanza.
El Profeta Real escogía exactamente las
expresiones, cuando llamaba a la confianza "una superesperanza" (Sal
118,147). Aquí se trata realmente de una virtud llevada al
máximo de intensidad.
Y el Padre Saint-Jure, autor espiritual de los más
estimados del siglo XVII, veía justamente en ella una esperanza "extraordinaria y heroica" (1).
Ella Es Fortalecida por la
Fe
Llevemos más lejos este estudio.
¿Qué fuerza soberana vigoriza la esperanza hasta
el punto de hacerla constante a los asaltos de la adversidad?... ¡La fe!
El alma que confía guarda en la memoria las
promesas del Padre celestial; las medita profundamente. Sabe que Dios no puede
faltar a la palabra, y de ahí su imperturbable certeza. Si el peligro la
amenaza, la envuelve, incluso, la domina, ella conserva siempre la serenidad. A
pesar de la inminencia del riesgo, repite la palabra del Salmista: "El Señor es mi luz y mi salvación... ¿a
quién temer? El Señor protege mi vida... ¿quién me hará temblar"
(Sal.
26,1).
Existen entre la fe y la confianza relaciones
estrechas, lazos íntimos de parentesco. Empleando la expresión de un teólogo
moderno, se debe encontrar en la fe "la causa y la raíz"(2) de
la confianza. Ahora bien, cuanto más penetra la raíz en la tierra, más savia
nutritiva saca de ella; más vigoroso crecerá el tronco; más opulenta será la
floración. Así, nuestra confianza se desarrolla en la medida en que profundiza
en nosotros la fe.
Los Libros Sagrados reconocen la relación que une
esas dos virtudes. ¿No son designadas por el mismo vocablo "fides", una y otra, bajo la pluma de
los escritores sagrados?
La Confianza Es In
Las consideraciones precedentes habrán parecido,
tal vez, demasiado abstractas. Sin embargo, era necesario que nos apoyásemos en
ellas. De ellas deduciremos las cualidades de la verdadera confianza.
La confianza, escribe el Padre Saint-Jure, es "Firme, estable y constante en grado tan
eminente, que nada en el mundo puede, no digo ya derrumbarla, sino perturbarla
siquiera" (3).
Imaginad los extremos más angustiosos en el orden
temporal, las dificultades insuperables en apariencia, en el orden espiritual;
nada de eso alterará la paz del alma confiante... Catástrofes imprevistas podrán
amontonar alrededor de ella las ruinas de su felicidad; esa alma, más dueña de
sí que el sabio antiguo, continuará calma: "Impavidum ferient reuinae" (Horacio,
Oda 3 del libro III).
Se volverá sencillamente hacia Nuestro Señor en El
se apoyará con certeza tanto mayor cuanto más privada se sienta del auxilio
humano. Rezará con ardor más vibrante, y, en las tinieblas de la probación
continuará su camino, esperando en silencio la hora de Dios.
Una confianza así es poco frecuente, sin duda; pero si no alcanza ese mínimo de perfección, entonces, no merece el nombre de confianza.
Además, se encuentran ejemplos sublimes de esa
virtud en las Escrituras y en la vida de los santos. Herido en la fortuna, en la
familia y en la misma carne, Job, reducido a la última indigencia, yacía sobre
un muladar. Los amigos, su mujer, le aumentaban el dolor por la crueldad de sus
palabras. Entretanto, él no se dejaba abatir; ninguna murmuración se mezclaba a
sus gemidos. Le sostenían los pensamientos de la fe. "Aunque el mismo Señor me quitase la
vida -decía- esperaría en El"
(Job
13,15).
Confianza admirable que Dios recompensó
magníficamente. La prueba cesó; Job recuperó la salud, ganó de nuevo fortuna
considerable, y tuvo una existencia más próspera que antes.
En uno de sus viajes, San Martín cayó en las manos
de salteadores. Los bandidos le despojaron; iban a matarlo cruelmente, cuando,
de repente, tocados por la gracia del arrepentimiento o llevados por un pavor
misterioso, le soltaron contra toda esperanza. Se le preguntó más tarde al
ilustre obispo si, en ese riesgo inminente, no había sentido algún miedo. "Ninguno -respondió- yo sabía que la intervención divina era
tanto más segura cuanto más improbable eran los socorros humanos".
La mayoría de los cristianos no imitan,
desgraciadamente, estos ejemplos. Nunca se aproximan tan poco a Dios como en el
tiempo de la prueba. Muchos no dan este grito de socorro que Dios espera para
venir en su auxilio. ¡Funesta negligencia! "La Providencia -decía fray Luis de
Granada- quiere dar solución, ella misma,
a las dificultades extraordinarias de la vida, mientras que deja a las causas
segundas el cuidado de resolver las dificultades ordinarias" (4). Pero es necesario pedir auxilio
divino. Esta ayuda Dios nos la da con gusto. "Lejos de ser incómoda al alma de quien saca
la leche, la criatura, por el contrario, le trae alivio" (Idem 4).
Otros cristianos en las horas difíciles, rezan con fervor, pero sin constancia. Si no son atendidos rápidamente, entonces, pasan de una esperanza exaltada a un abatimiento disparatado. No conocen los caminos de la gracia. Dios nos trata como niños: Se hace el sordo, a veces, por el placer que siente de oírnos invocarle... ¿Por qué desanimarse tan deprisa, cuando convendría, por el contrario, rogar con mayor insistencia...?
Esta es la doctrina enseñada por San Francisco de
Sales: "La Providencia sólo aplaza su
socorro para provocar nuestra confianza. Si nuestro Padre Celestial no concede
siempre lo que pedimos, es para retenernos a sus pies y darnos ocasión de
insistir con amorosa violencia junto a El, como claramente mostró a los dos
discípulos de Emaús, con los cuales sólo se detuvo al final del día y, aun así,
forzado por ellos" (Pequeños
bolandistas, t. XIV, p. 452).
No Cuenta Sino con Dios
Firmeza inquebrantable es, pues, la primera característica de la confianza.
La segunda cualidad de esta virtud es aún más
perfecta. "Lleva al hombre a no contar
con el auxilio de las criaturas; ya se trate de auxilio sacado de sí mismo, de
su espíritu, de su ciencia. De su criterio, de sus aptitudes, de las mismas
riquezas, créditos, amigos, parientes o
cualquiera otra cosa suya, ya se trate de socorros que acaso pueda
esperar de otros: Reyes, Príncipes y de cualquier criatura en general; porque
siente y conoce la flaqueza y vanidad de todo amparo humano. Los considera lo
que son realmente, y como Santa Teresa tenía razón de llamarlos ramas secas de
ginebra que se rompen al ser cargadas" (Idem
nota 1y2).
Pero esta teoría, dirán, ¿no procederá de un falso misticismo? ... ¿No conducirá la fatalismo o, por lo menos, a una peligrosa pasividad? ¿A qué viene multiplicar esfuerzos en el intento de vencer dificultades, si todos los apoyos tienen que romperse en nuestras manos? ¡Crucémosnos de brazos, esperando la divina intervención!...
No, Dios no quiere que nos adormezcamos en la
inercia; El exige que le imitemos. Su perfecta actividad no tiene límite: El es
el acto puro.
Debemos, pues, actuar; pero sólo de El debemos
esperar la eficacia de nuestra acción: "Ayúdate, que el cielo te ayudará"
He aquí la economía en el plano providencial.
Preparémonos
para la lucha! Trabajemos con ahínco, pero con espíritu y corazón vueltos
hacia lo alto. "Vano es que os levantéis
antes del día" (Sal.
136,2),
dice la Escritura, si el Señor no os ayuda, nada conseguiréis.
En efecto, nuestra impotencia es radical: "Sin Mí, nada podéis" (Jn.
15,5), dice el Salvador.
En el orden sobrenatural, esta impotencia es
absoluta. Atended bien a la enseñanza de los teólogos.
Sin la gracia, el hombre no puede observar por mucho tiempo y en su totalidad, los Mandamientos de Dios. Sin la gracia, no puede resistir a todas las tentaciones, a veces tan violentas, que lo asaltan.
Sin la gracia, no podemos tener un buen
pensamiento, hacer incluso la más corta oración; sin ella, ni siquiera podemos
invocar con piedad el nombre de Jesús.
Todo lo que hacemos en el orden sobrenatural nos
viene únicamente de Dios (2ª.
Cor. 3,5). En el orden natural
incluso, es también Dios quien nos da la victoria.
San Pedro había trabajado la noche entera; era resistente en la faena; conocía a fondo los secretos de su oficio tan duro. No obstante, en vano había recorrido las olas mansas del lago. ¡No había pescado nada! Sin embargo, recibe al Maestro en la barca; lanza la red en nombre del Salvador; consigue enseguida una pesca milagrosa y las mallas de la red se rompen, tal es el número de peces...
Siguiendo el ejemplo del Apóstol, lancemos la red,
con paciencia incansable, pero sólo de Nuestro esperemos la pesca
milagrosa.
"En todo
lo que hiciéreis -decía San
Ignacio de Loyola- he aquí la regla de
las reglas a seguir; confiad en Dios, actuando, no obstante, como si el éxito de
cada acción dependiese de vos y nada de Dios; pero, empleando así vuestros
esfuerzos para ese buen resultado, no contéis con ellos, y proceded como si todo
fuese hecho sólo por Dios y nada por vos" (5).
No desanimarse cuando se disipa el espejismo de
las esperanzas humanas... No contar sino con el auxilio del Cielo, ¿no será ya
altísima virtud?...
El ala vigorosa de la verdadera confianza se
lanza, sin embargo, hacia regiones más sublimes aún. A ellas se llega por una
especie de requisitos de heroísmo; alcanza, entonces, el grado más alto de
perfección.
Ese grado consiste en que el alma se regocije
cuando se ve abandonada de todo apoyo humano, abandonada de parientes, de
amigos, de todas las criaturas que no quieren o no pueden socorrerla; que no
pueden darle consejo ni servirle con su talento o su crédito; cuando le faltan
todos los medios de ser auxiliada...(Saint
Jure T. 3, p. 4). ¡Qué sabiduría
profunda demuestra semejante alegría en circunstancias tan crueles!
Para poder entonar el cántico del Aleluya bajo golpes que, naturalmente, deberían romper nuestra energía, es preciso conocer a fondo el Corazón de Nuestro señor; es preciso creer ciegamente en su piedad misericordiosa y en su bondad omnipotente; es preciso tener la absoluta seguridad de que El escoge, para su intervención; la hora de las situaciones deseperadas...
Después de convertido, San Francisco de Asís
despreció los sueños de gloria que antes lo habían deslumbrado. Huía de las
reuniones mundanas, se retiraba al bosque para, allí, entregarse a la oración;
daba limosnas generosamente...
Este cambio desagradó a su padre, que arrastró a
su hijo a la autoridad diocesana, acusándolo de disiparle los bienes. Entonces,
en presencia del obispo maravillado, Francisco renuncia a la herencia paterna;
deja incluso las ropas que le venían de la familia; ¡se despoja de todo!... y,
vibrando de una felicidad sobrehumana, exclama: "Oh, Dios mío! ¡Ahora sí, podré
llamaros con más verdad que nunca: Padre nuestro que estás en los Cielos!"
He aquí como actúan los santos.
Almas heridas por el infortunio, no murmuréis en
el abandono a que os halléis reducida. Dios no os pide una alegría sensible,
imposible a nuestra flaqueza. Solamente, reanimad vuestra fe, tened valor, y,
según la expresión usada por San Francisco de Sales, "en la fina punta del alma", esforzáos
por tener alegría.
La Providencia acaba de daros la señal cierta, por
lo cual se conoce su hora: Ella os privó de todo apoyo. Es el momento de
resistir a la inquietud de la naturaleza. Llegásteis al punto del oficio
interior en que se debe cantar al Magníficat y quemar el incienso. "¡Alegraos siempre en el Señor! De nuevo os
digo, ¡alegraos! ¡El Señor está próximo!" (Fip.
IV, 4y5).
Seguid este consejo y acabaréis bien. Si el
Maestro Divino no se dejase tocar con tan grande confianza, no sería Aquel que
los Evangelios nos muestran tan compasivo, Aquel a quién la visión de nuestros
sufrimientos hacía enternecer su dolorosa emoción.
Nuestro Señor decía a un alma privilegiada: "Si soy bueno para todos, soy muy bueno para los que confían en mí. ¿Sabes cuáles con las almas que más aprovechan mi bondad? Son las almas que más esperan. ¡Las almas confiantes roban mis gracias" (6). - Fin del Capítulo II-
Notas:
1-
Saint Jure: De la conaaissance et de l’amour de J. C., T. III p. 3
2
- Pesch, Praelectiones dogmaticae, T. VII, P.51, nota 2
3
- Saint Jure: De la conaaissance et de l’amour de J. C., T. III p. 3
4
– Luis de Granada: 1°. Sermón para el segundo Domingo después de Epifanía
5
– P. Xavier de Franciosi: L’Espirit de Saint Ignace, p.5)
6 – Irma Beningna Consolata Ferrero, págs. 95 y 96. Rondil, Lyon. – Esta vida apareció en 1920, con el imprimatur del Arzobispo y las declaraciones prescritas por los decretos de Urbano VIII.
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