El Libro de la Confianza

Rev. Pe. Thomas de Saint Laurent  

 

 Capítulo III

 

La Confianza en Dios y las Necesidades Temporales

 

Dios Provee Nuestras Necesidades Temporales

 La confianza, ya lo hemos dicho, es una esperanza heroica; no difiere de la esperanza común a todos los fieles sino por el grado de su perfección.

Ella es, pues, ejercida sobre los mismos objetos que aquella virtud, pero por medio de actos más intensos y vibrantes.

Con la esperanza ordinaria, la confianza espera del Padre celestial todos los socorros que son necesarios para vivir santamente aquí en la tierra y merecer la bienaventuranza del Paraíso.

Ella espera, primeramente, los bienes temporales, en la medida en que éstos nos pueden conducir al fin último.

Nada más lógico: no podemos ir a la conquista del Cielo a la manera de los puros espíritus; somos compuestos de cuerpo y alma. Este cuerpo que el Creador formó con sus manos adorables, es el compañero de nuestra suerte eterna, después de la resurrección general. No podemos prescindir de su asistencia en la lucha por la conquista de la vida bienaventurada.

Ahora bien, para sostenerse, para cumplir plenamente sus tareas, el cuerpo tiene muchas exigencias. Esas exigencias, es necesario que la Providencia las satisfaga; y Ella lo hace magníficamente.

        Dios se encarga de proveer nuestras necesidades... y cuida de ellas generosamente. Nos sigue con su mirada vigilante y no nos deja en la indigencia. En medio de las dificultades materiales, aunque sean angustiantes, no debemos perturbarnos. Con plena seguridad, esperemos de las manos divinas lo que es necesario para el sostenimiento de nuestra vida.

“Yo os digo –declara el Salvador- no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de donde sacaréis  vestidos para cubrir vuestro cuerpo. Qué ¿no vale más la vida o el alma que el alimento, y el cuerpo que el vestido?

 “Mirad cómo las aves del cielo, no siembran, si siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

“¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo?

“Y, del vestido, ¿por qué preocuparnos? Aprended de los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Pues Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¡no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe!

“Así que no os preocupéis diciendo: ¿qué comeremos? ¿qué beberemos? O ¿qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo esto; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.

“Buscad primero al reino de Dios y su justicia y todas las cosas se os darán por añadidura” (Mat.: 6, 25-26 y 28-33).

No basta pasar los ojos por encima de este sermón de Nuestro Señor. Es necesario que fijemos en él despacio nuestra atención, para buscar su significación profunda y compenetrarnos del bien de su doctrina.

 

 El lo Hace Según la Situación de Cada Uno

 ¿Debemos tomar esas palabras al pie de la letra y comprenderlas en su sentido más estricto? ¿Nos dará Dios lo estrictamente necesario: el trozo de pan seco, el vaso de agua, el pedazo de tela que nuestra miseria necesita urgentemente? No, el Padre celestial no trata a los hijos con avarienta parsimonia. Pensar así, sería blasfemar contra la divina bondad; sería, por así decirlo, desconocer sus hábitos. En el ejercicio de su providencia, como en su obra creadora, Dios usa, en efecto, de gran prodigalidad.

Cuando lanza los mundos a través de los espacios, saca de la nada millares de astros. En la Vía Láctea, esa inmensa región de las noches luminosas, ¿cada grano de arena no es un mundo?

Cuando alimenta a los pájaros, los convida a la opulenta mesa de la naturaleza. Les ofrece el trigo que llena las espigas, los granos de todas las especies que maduran en las plantas, los frutos que el otoño dora en los bosques, las semillas que el labrador echa en los surcos del arado. ¡Qué lista variada hasta el infinito para la alimentación de esos humildes animales!

Cuando crea las plantas, ¡con qué gracia adorna sus flores! Les labra la corola como si fuesen joyas preciosas; echa en sus cálices deliciosos perfumes, les teje los pétalos de una seda tan brillante y delicada, que los artificios de la industria nunca les igualarán en belleza.

Y, sin embargo, tratándose del hombre, su obra maestra, el hermano adoptivo de su Verbo encarnado, ¿no habrá Dios de mostrarse de una generosidad aún mayor?...

Consideremos, pues, como verdad indiscutible que la Providencia provee abundantemente las necesidades temporales del hombre.

Sin duda, habrá siempre en la tierra ricos y pobres. Mientras unos viven en la abundancia, otros deben trabajar y observar una sabia economía. El Padre celestial, sin embargo, suministra a todos medios para vivir con cierto bienestar, según la condición en que los colocó.

Volvamos a la comparación que emplea Jesús. Dios vistió a lirio espléndidamente, pero esta vestidura blanca y perfumada era reclamada por la naturaleza del lirio. Más modestamente fue tratada la violeta; Dios le dio, sin embargo, lo que convenía a su naturaleza particular. Y esas dos flores se abren dulcemente al sol, sin que nada les falte.

Así hace Dios con los hombres. Colocó a unos en las clases más altas de la sociedad, puso a otros en condiciones menos brillantes, sin embargo, a unos y a otros da lo necesario para mantener dignamente su posición.

Se podría hacer aquí una objeción, a respecto de la inestabilidad de las condiciones sociales. En la crisis presente, ¿no será más fácil decaer que elevarse, o incluso mantenerse en el mismo nivel social?

Sin duda. Pero la Providencia proporciona exactamente el auxilio a las necesidades de cada uno: para los grandes males manda los grandes remedios. Lo que las catástrofes económicas nos quitan podemos readquirirlo con nuestra industria o trabajo. En los casos menos frecuentes en que la propia actividad se ve del todo reducida a la imposibilidad, tenemos, entonces, el derecho de esperar de Dios una intervención excepcional.

Generalmente, por lo menos así pienso yo, Dios no hace decaídos. El quiere, por el contrario, que nos desenvolvamos, que subamos, que crezcamos con prudencia. Dios, a veces, permite una decadencia de nivel social, no la quiere sino por una voluntad posterior a la acción de nuestro libre albedrío. Lo más frecuente es que provenga tal decadencia de faltas nuestras, personales o hereditarias. Es generalmente consecuencia natural de la pereza, la prodigalidad, de diversas pasiones.

Aun así el hombre, incluso el decaído, puede levantarse y, con el auxilio de la Providencia, reconquistar, por sus esfuerzos, la situación perdida.

 No Debemos Inquietarnos con el Futuro  

Dios provee nuestras necesidades.

“No os inquietéis”, dice el Señor.

¿Debemos, para obedecer la dirección del Maestro, desatender completamente los negocios temporales?...

No dudamos que la gracia pida, a veces, a ciertas almas, el sacrificio de una pobreza estricta y de un total abandono a la Providencia. Es notable, sin embargo, lo poco frecuentes que son esas vocaciones. Las demás comunidades religiosas o individuos, poseen bienes; deben administrarlos prudentemente

El Espíritu Santo alaba a la mujer fuerte que supo gobernar bien su casa. El nos la muestra, en el Libro de los Proverbios, despertando, muy temprano para distribuir a los criados la tarea cotidiana y trabajando también con sus propias manos. Nada escapa a su vigilancia. Los suyos nada tienen que temer; encontrarán todos, gracias a su previsión, lo necesario, lo agradable, e incluso, cierto lujo moderado. Sus hijos la proclaman bienaventurada, y su marido le exalta las virtudes. (Prov. 31, 10-28)

La Verdad no habría alabado tan clamorosamente a esa mujer, si ella no hubiese cumplido su deber.

Toca, pues, no afligirse; aunque ocupándose razonablemente de sus quehaceres, no dejarse dominar por la angustia de sombrías perspectivas futuras y contar, sin vacilaciones, con el socorro de la Providencia.

¡Nada de ilusiones!... Una confianza así pide gran fuerza de alma. Hemos de evitar un doble escollo: la falta y la demasía. Aquel que, por negligencia, se desinteresa de sus obligaciones y de sus negocios no puede, tentar a Dios, esperar un auxilio excepcional. Aquel que da a las preocupaciones materiales el primer lugar de sus reflexiones, aquel que cuenta más consigo que con Dios, se engaña aún más crasamente; así roba al altísimo el lugar que le cabe en nuestra vida.

“In medio stat virtus”: entre esos extremos se encuentra el deber.

Si nos ocupamos prudentemente de nuestros intereses, la aflicción por el futuro será por desconocimiento y menosprecio del poder y de la bondad de Dios.

En los muchos años que San Pablo, el Ermitaño, vivió en el desierto, un cuervo le traía, cada día, medio pan. Ahora bien, sucedió que San Antonio vino a visitar al ilustre solitario. Conversaron largamente los dos santos, olvidados en sus piadosas meditaciones de la necesidad del alimento. Pensaba en ellos, sin embargo, la Providencia; el cuervo vino, como de costumbre, pero trayendo esta vez ¡un pan entero!

El Padre celestial creó todo el Universo con una sola; ¿podría acaso serle difícil socorrer a sus hijos en la hora de la necesidad?

San Camilo de Lellis se había endeudado para cuidar de los enfermos pobres. Lo religiosos se alarmaban: ¿Por qué dudar de la Providencia?, les tranquilizaba el santo. ¿Será difícil a Nuestro Señor darnos un poco de esos bienes con los que colmó a los judíos y a los turcos, enemigos unos y otros de nuestra fe? (Pequeños Bollandisttas, T. VIII, 18 de julio).  La confianza de Camilo no fue defraudada; un mes después, uno de sus protectores le legaba, al morir, una suma considerable.

Afligirse con el futuro es desconfianza que ofende a Dios y provoca su cólera.

Cuando los hebreos, huyendo de Egipto, se vieron perdidos en las arenas del desierto, se olvidaron de los milagros que Jehová había hecho en su favor... Tuvieron miedo, murmuraron... “¿Podrá Dios preparar mesa en el desierto?” “¿Podrá también darnos pan y preparar en el desierto carne a su pueblo?”. Esas palabras irritaron al Señor. Lanzó contra ellos el fuego del cielo. Su cólera cayó sobre Israel, “porque no creían en Dios y no confiaban en su salvación” (Sal. 77, 19-22).

Nada de aflicciones inútiles: el Padre vela por nosotros.

 Procurar Siempre en Primer Lugar el Reino de Dios y Su Justicia

 “Buscad primero el reino de Dios y su justicia; y todas las cosas se os darán por añadidura”.

Así fue cómo el Salvador concluyó el discurso sobre la Providencia. Conclusión consoladora, que encierra una promesa condicional; de nosotros depende el ser beneficiados por ella.

El Señor se ocupa tanto más de nuestros intereses, cuanto más nosotros nos preocupamos con los suyos.

Conviene parar para meditar las palabras del Maestro.

Se presenta entonces una cuestión: ¿Dónde se encuentra ese reino de Dios, que debemos buscar antes que todo lo demás?

“Dentro de vosotros”  (Luc. 17, 21), responde el Evangelio, “Regnum Dei intra vos est”.

Buscar el Reino de Dios es, pues, levantarle un trono en el alma; es someternos enteramente a su dominio soberano. Conservemos todas nuestras facultades bajo el cetro misericordioso del altísimo. Acuérdese nuestra inteligencia de su constante presencia, confórmese nuestra voluntad adorable, vuele nuestro corazón hacia El con frecuencia, en actos de caridad ardiente y sincera. Habremos practicado, entonces, esa “justicia” que, en el lenguaje de la Escritura, significa la perfección de la vida interior.

Habremos seguido entonces, puntualmente, el consejo del Maestro: habremos buscado el reino de Dios.

“Y todas las cosas se os darán por añadidura”.

Hay aquí una especie de contrato bilateral: de nuestro lado trabajamos para la gloria del Padre Celestial; de su lado, el Padre se compromete a proveer nuestras necesidades.

Echad, pues, todas vuestras preocupaciones en el Corazón Divino; cumplid el contrato que El os propone; El cumplirá la palabra dada; velará sobre vosotros y “os sostendrá” (Sal. 54,23).

“Piensa en Mí –dice el Salvador a Santa Catalina de Siena- y Yo pensaré en ti” . Y siglo más tarde, en el Monasterio de Paray-le-Monial, prometía a Santa margarita, para aquellos que fuesen particularmente devotos del Sagrado Corazón, el éxito en sus empresas.

¡Feliz el cristiano que se ajusta bien a esa máxima del Evangelio! El busca a Dios y Dios le cuida los intereses con su omnipotencia: ¿Qué le podrá faltar? (Sal. 22,1)

Practica las sólidas virtudes interiores, y evita así todo desorden: las faltas, los vicios, que son las causas más comunes de los fracasos y las ruinas.

 

Rezar por las Necesidades Temporales

  La confianza, como acabamos de describirla, no nos desobliga de la oración. En las necesidades temporales, no basta esperar los socorros de Dios; es menester además pedírselos.

Jesucristo nos dejó en el Padrenuestro el modelo perfecto de la oración; ahí El nos hace pedir el “pan de cada día”: “Panem nostrum quotidianum da nobis hodie”.

Con respecto a ese deber de la oración ¿no habrá frecuentemente negligencia nuestra? ¡Qué imprudencia y qué locura!... Nos privamos así, por liviandad, de la protección de Dios, la única soberanamente eficaz. Los capuchinos, dice la leyenda, nunca murieron de hambre, porque recitan siempre piadosamente el Padrenuestro.

Imitémoslos, y el altísimo no dejará que nos falte lo necesario.

Pidamos, pues, el pan cotidiano.

Es una obligación que nos impone la fe y la caridad para con nosotros mismos.

¿Podremos, no obstante, elevar nuestras pretensiones y pedir también la riqueza? Nada se opone a eso, toda vez que esa oración se inspire en motivos sobrenaturales y quedemos bien sumisos a la voluntad de Dios. El Señor no prohíbe la expresión de nuestros deseos; por el contrario, nos quiere muy filiales para con El. No esperemos, sin embargo, que El se incline a nuestras fantasías; la propia bondad divina se opone a ello. Dios sabe lo que nos conviene. Sólo nos concederá los bienes de la tierra, si ellos pueden servir para nuestra santificación.

Entreguémosnos completamente a la dirección de la Providencia, y digamos la oración del Sabio: “No me des ni pobreza ni riquezas; dame solamente lo necesario para vivir. No sea que, harto, te niegue, y diga: ¿quién es el Señor? O que necesitado, robe y profane el nombre de Dios” (Prov. 30, 8 y 9). –Fin capítulo III-  

 

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