ESTABILIDAD IMPRESCINDIBLE
Los
uruguayos atravesamos momentos de incertidumbre y de desconcierto crecientes que
crean un estado de espíritu sumamente perjudicial para el normal desarrollo del
País, el continuo afianzamiento de sus instituciones y la correcta comprensión
y solución de los problemas que nos aquejan.
A
la escalada de la inseguridad individual y familiar, de la que nos dan cuenta
insistentemente la crónica policial y que todos la sentimos en nuestro diario
vivir; a la angustiante incógnita que pesa sobre nuestro futuro colectivo, en
un mundo que globaliza lo material y peculiar al paso que particulariza y
relativiza los principios universales y las tradiciones comunes, que son los
pilares que dan estabilidad, seguridad y firmeza a las naciones y a los
individuos, se suma una serie de otros factores, algunos reales y otros
artificiales, que confabulan contra nuestra normal integridad y estabilidad
psicológica.
El
país, tal vez por eso mismo, en las últimas elecciones, pese a la inmensa
torsión a que fue sometido, en un acto de cordura que sorprendió a los
observadores, optó por la estabilidad. No quiso agregar a los variados factores
de inquietud, desconcierto y inseguridad ya existentes, el de una innovación
política drástica. Su instinto de conservación lo llevó a evitar una
aventura de izquierda fatal.
Sin
embargo el nuevo gobierno, contrariando este deseo generalizado, desencadenó un
proceso que inquieta y perturba la conciencia nacional. Esto sorprende porque no
es lo que sus electores esperaban.
De
modo sensacional y estrepitoso se precipitó sobre el sensible y explosivo
problema de los desaparecidos. Un tema de molde a reabrir heridas, encender las
pasiones y alimentar desconfianzas, y que por eso mismo debería ser abordado
con mayor equilibrio, discreción y cautela.
Como
era de esperar, en un contexto internacional ya exacerbado por la izquierda al
respecto de la responsabilidad de los regímenes anticomunistas en la violación
de los "derechos humanos", cuyo episodio más destacado fue la prisión
del General Pinochet en Inglaterra, la iniciativa presidencial rápidamente
sobrepasó el tema de los desaparecidos uruguayos.
Y
se transformó de hecho en un verdadero enjuiciamiento a las Fuerzas Armadas y
Policiales en primer lugar y por detrás al anticomunismo. Se va transformando
en una proscripción al derecho de defensa de la sociedad ante la amenaza
subversiva del terrorismo y la violencia de izquierda. Y apunta transformarse en
impunidad indiscriminada para los crímenes del socialo-comunismo.
Planteado
del modo que se lo hace, el problema de los desaparecidos, quiérase o no, está
imprudentemente llevando al banquillo público de los acusados, sin garantías
ni posibilidad de defensa, al anticomunismo.
Es
el vital principio de la legítima defensa del Estado frente a la agresión de
las fuerzas mancomunadas del caos lo que está siendo desprestigiado y puesto en
tela de juicio. Todo ello articulado por los demoledores de la sociedad, por los
capitanes de campos de concentración y ejecutores de la “justicia popular”.
En
particular esta furia iconoclasta se vuelve contra los organismos del Estado
encargados constitucionalmente de su defensa y de la prevención.
No
sin razón un comentarista chileno se preguntaba si se atreverá el Presidente
Pastrana a defender seriamente Colombia de la agresión terrorista de las FARCS,
y el Primer Ministro Aznar a salvar España de la ETA, sabiendo que mañana le
esperan procesos como los que le siguen a Pinochet.
Al
mismo tiempo que se desencadena esta persecución, se está haciendo de todo
para cubrir de impunidad a los autores materiales e intelectuales de atentados
incomparablemente mayores cometidos por comunistas y terroristas de izquierda.
Citemos de paso las millones de víctimas de siete décadas de este siglo cuyo
exterminio compila el Libro Negro del
Comunismo. Para ellas, por desaparecidas que sean, nadie pide reparación,
investigación o justicia.
Y
sus verdugos no tienen porqué temer que ningún juez Garzón los pretenda
extraditar. Ni los que actualmente se ensañan en China, en Cuba, en Corea del
Norte, tienen tampoco nada que temer.
Mencionemos
también los crímenes atroces que a diario se cometen en Colombia y que
amenazan expandirse por el Continente. Como son crímenes perpetrados por la
izquierda comunista, gozan de total impunidad. Y a sus autores se los trata como
idealistas.
Al
terrorismo de las FARCS y del ELN, no sólo no se le enjuicia ni recrimina, sino
que se le da un territorio en que pueden aplicar su inicua ley, levantar campos
de concentración, como acaba de denunciar el arzobispo de Bogotá, y desde
donde preparan a salvo el asalto contra el resto del País y del Continente.
La
solución del problema de los desaparecidos requiere algo más que buenas
intenciones. Es necesario evitar que nos transformen en “inocentes útiles”
al servicio del comunismo, como fueron Kerensky en Rusia y Frei en Chile: el
comunismo los cabalgó. Requiere condiciones y medidas propias a evitar que el
asunto se desnaturalice al punto de servir de pretexto para otros objetivos.
Mal
negocio será desarmar a la sociedad y al Estado de su brazo defensor,
condenando el anticomunismo, desprestigiando a sus FFAA y estimulando el
terrorismo, como está siendo hecho, en aras de una frustrante búsqueda de
desaparecidos en un clima que obstaculiza ese hallazgo.
La solución de los innumerables problemas que enfrentamos en esta coyuntura histórica, entre los cuales se encuentra la situación extremadamente crítica en que se debate el campo uruguayo, donde se encuentra la mitad del país, exige un clima de unión y de colaboración que en nada favorece esta guerrilla psicológica a propósito de los desaparecidos.-(Del Boletín N° 1 de Tradición y Acción)