“Por comisión del Club Católico, señores, tengo que dar a la palabra algunos momentos que me veo en el caso de arrancar a las lágrimas.

A las lágrimas que en este momento inundan mi alma y el alma del pueblo uruguayo, enlutado y consternado.

 

¡Padre!... ¡maestro!... ¡amigo!... ¡providencia!... ¿dónde estás?

 

Dinos que tus ojos se han cerrado para siempre; dinos que tu mano cayó postrada para siempre a fuerza de bendecir; dinos que la última sonrisa que cambiabas con la muerte está para siempre helada, sobre tus labios ángel; dinos que el amor que lo agitaba ha apagado para siempre los latidos de tu corazón inmaculado; pero dínoslo una vez siquiera, para que sintamos un momento más el contacto de tu vida, para que podamos decir a nuestros hijos, a las generaciones a quienes transmitiremos tu memoria querida, cual fue la última vez que escuchamos tu voz, esa voz, fuente inexhausta de consuelo y de amor.

¡Señores, hermanos, pueblo uruguayo; el santo ha muerto¡

Su espíritu invisible vaga en torno nuestro y recoge nuestras lágrimas; las lágrimas de su pueblo, a quien amó hasta el sacrificio con infinita ternura.

Era sacerdote de Dios, era apóstol, era patriota, y ha caído como el lo presentía, como él lo anhelaba ardientemente; abrazado a su cruz; mártir de su deber sublime.

El tenía derecho, el tiene derecho a arrastrarnos como nos arrastró en el dolor de su muerte, porque siempre nos envolvió en las bendiciones de la vida.

El panegírico de sus virtudes lo ha meditado mi llanto: perdonadme la insuficiencia de mi palabra, porque ella sólo encarna el pensamiento de las lágrimas.

¡El santo ha muerto!

Ahora, inmóvil pero dulce aún en su último lecho, es la sombra de una predestinación.

Vedlo; la misma muerte pierde su horror en su rostro dulcísimo.

Nació predestinado a hacer la felicidad del pueblo uruguayo y ha cumplido la voluntad de Dios.

Fue la fuente de la verdad, el consuelo del afligido; fue el árbitro de la paz; fue el ejemplo de la virtud.

El pobló de consuelo infinito la soledad del lecho de muerte de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos; su sonrisa afable y serena ahuyentaba los rencores: el conciliaba a las familias y desarmaba a los enemigos con la misma suave ternura que usaba para bendecir a los niños; su presencia consolaba, su voz alentaba, y su plegaría redimía

La historia de este muerto adorado, es la historia íntima, amarga y desconocida del espíritu de su pueblo.

El ha llevado en su alma, el alma de nuestro dolor al foco de las eternas redenciones.

El es nuestra vida, alentando en el espíritu de la eternidad.

Maestro querido; las plegarias que nos enseñaste perfumarán constantes su memoria venerada; reclina en paz tu cabeza adorable en el regazo de Dios.

Padre perdido para nuestro amor en la tierra; enséñanos a llenar el vacío de nuestra alma con los amores del cielo.

Muerto sublime y santo, nuestro recuerdo filial será un ósculo constante impreso sobre la faz de tu sombra; ayúdanos a seguir el ejemplo de tu vida, como hemos seguido, oprimidos y llorosos, el camino de tus despojos.

Padre, amigo, maestro, providencia, Dios lo ha querido; tendremos que abandonarte para siempre en la soledad de tu sepulcro.

Cúmplase Su voluntad divina e incomprensible.

Bendita sea la mano que nos castiga arrebatándonos al que tanto amábamos y tanto lloramos.

Adiós padre: La fe y las plegarias que nos enseñaste perfumarán constantes tu memoria venerada. Tu has muerto en el Señor. Reclina en paz tu cabeza adorable sobre el regazo del Dios que te esperaba”.


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