Nobleza y élites tradicionales análogas.

PARTE I - Capítulo I; 3, 4, 5, 6, 7.

Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

3. Objeciones antinobiliarias impregnadas

del espíritu igualitario de la Revolución Francesa

 

Nobleza, élites: ¿por qué sólo se trata de ellas en este libro? Esta es la objeción que, sin duda, se les ocurrirá a lectores igualitarios, con mentalidad ipso facto antinobiliaria.

 

La sociedad actual está saturada de prejuicios radicalmente igualitarios a veces acogidos consciente o subconscientemente incluso por personas que forman parte de sectores de opinión de los cuales se podría esperar una compacta unanimidad en sentido opuesto. Así ocurre, por ejemplo, con miembros del clero entusiastas de la trilogía revolucionaria libertad, igualdad, fraternidad, y por eso mismo olvidados de que era entonces interpretada con un sentido frontalmente opuesto a la doctrina católica. (1)

 

Si tales disonancias igualitarias se encuentran incluso en ciertos medios del clero, no es tan de sorprender que se manifiesten también entre nobles o miembros de otras élites tradicionales. Recientemente transcurrido el segundo centenario de la Revolución Francesa, estas reflexiones hacen recordar con facilidad al noble revolucionario por excelencia que fue el Duque de Orleáns, Philippe Egalité. Desde entonces su ejemplo no ha dejado de fructificar en más de una estirpe ilustre.

 

Cuando en 1891 León XIII publicó su célebre encíclica Rerum Novarum sobre la condición del mundo obrero, no faltaron en ciertos ambientes capitalistas quienes objetaran que las relaciones entre capital y trabajo constituyen una materia específicamente económica, con la que nada tenía que ver el Romano Pontífice. Su encíclica constituía, por tanto, una intromisión en cosecha ajena...

 

No faltarán, a su vez, lectores que se pregunten qué tiene que ver un Papa con la Nobleza o con las élites, tradicionales o no, cuya simple subsistencia en nuestros tan transformados días les parecerá un vestigio arcaico e inútil del mundo feudal. En esa perspectiva, la Nobleza y las élites contemporáneas no pasarían de ser un punto de fijación, e incluso de irradiación, de maneras de pensar, sentir y actuar que no aprecia y ya ni siquiera entiende el hombre de hoy. Los pocos que aún les dan valor estañan inspirados por fatuos sentimientos meramente estéticos o poéticos, y los que aún se sienten realzados por ser partícipes de ellas, lo harían por un mero sentimiento de orgullo y vanidad. Nada, sin embargo, impedirá—pensarán tales lectores—que el curso implacable de la evolución histórica acabe limpiando enteramente de la faz de la Tierra esas obsoletas excrecencias; y si Pío XII no ayudó al curso de la Historia —así entendido— le cabía por lo menos no levantarle obstáculos.

 

¿Con que intención, pues, trató tan ampliamente el Pontífice sobre este asunto en un sentido que visiblemente agrada a los espíritus contrarrevolucionarios como el de quien aquí recogió su doctrina, la anotó y la ofrece ahora a la publicidad? ¿No habría sido mejor que se hubiera callado?

 

La respuesta a estas objeciones igualitarias impregnadas del viejo espíritu de 1789 es muy sencilla. Quien la quiera conocer nada podrá hacer mejor sino oírla de los propios autorizados labios de aquel Pontífice. Como se verá más adelante,(2) éste indica en sus alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana, con espíritu de síntesis notable, el profundo sentido moral de su intervención en esta materia; realza también el papel legítimo de la Nobleza en una doctrina social inspirada en el Derecho Natural y en la Revelación; al mismo tiempo, muestra todas las riquezas de alma que en el pasado cristiano se convirtieron en características de la Nobleza y afirma que esta última continúa siendo la guardiana de dichas riquezas, añadiendo que le toca la elevada misión de afirmarías e irradiarías en el mundo contemporáneo, aun cuando la acción devasta­dora de las revoluciones ideológicas, de las guerras mundiales y de las crisis socio-eco­nómicas haya reducido in concreto a una condición modesta a muchos nobles. A éstos el Pontífice los recuerda, en más de un lugar, de modo altamente honroso la analogía de su situación con la de San José, Príncipe de la Casa de David, modesto carpintero, sin embargo, y por encima de todo, padre legal del Verbo Encarnado y casto esposo de la Reina de todos los Ángeles y de todos los Santos.(3)

 

4. Las enseñanzas de Pío XII,

escudo valioso frente a los oponentes de la Nobleza

 

No es imposible que algunos lectores pertenecientes a la Nobleza se pregunten qué provecho puede traerles la lectura del presente estudio. En efecto, pensarán, ¿no habían recibido ya la mayor parte de esas enseñanzas en el ambiente venerable del hogar paterno, rico en tradiciones de alto sentido formativo y moral? ¿No las habían ya practicado a lo largo de toda su vida con los ojos nostálgicamente puestos en el ejemplo de sus antepasados?

 

Es verdad que tal vez no estuviese tan clara en su espíritu la inapreciable raíz religiosa de estos deberes ni su fundamentación en los documentos pontificios; sin embargo, preguntarán, también, ¿en qué les enriquece el alma conocer todo eso si lo que guardaban como precioso legado doméstico les ha venido bastando para dar a su propia vida una orientación al mismo tiempo genuinamente aristocrática y genuinamente cristiana?

 

Un aristócrata que, alegando esos motivos, juzgase inútil el estudio de los imperecederos documentos de Pío XII sobre la Nobleza romana —tan aplicables a toda la Nobleza europea— daría muestras de una deplorable superficialidad de espíritu y de formación religiosa.

 

La integridad moral del católico, o se funda en el conocimiento lúcido y amoroso de las enseñanzas de la Iglesia y en una arraigada adhesión a ellas, o carece de base seria, con lo que ésta se expone a derrumbarse de un momento a otro, máxime en los días conturbados y saturados de incitaciones al pecado y a la revolución social de la actual sociedad postcristiana.

 

Contra las seducciones y las presiones de esa sociedad, la suave y profunda influencia de la formación doméstica no basta, a no ser que se sustente en las enseñanzas de la Fe y en la observancia efectiva de los Mandamientos, así como en la práctica asidua de las obligaciones de Piedad y en el recurso frecuente a los Sacramentos.

 

Dentro de esa perspectiva, es necesariamente de gran aliento para el verdadero aristócrata católico, saber que su modo tradicional de pensar, sentir y actuar precisamente como aristócrata encuentra base amplia y firme en las enseñanzas del Vicario de Cristo; y esto es tanto más verdadero cuanto que el noble, en los días de democratismo neopagano en que vivimos, está sujeto a incomprensiones, objeciones e incluso sarcasmos, a veces de tal manera insistentes que podrá encontrarse expuesto a la tentación de sentir una vil vergüenza por ser noble; de donde fácilmente nacerá en él la esperanza de eludir esa situación incómoda mediante el abandono tácito o expreso de su condición.

 

Las enseñanzas de Pío XII aquí publicadas y comentadas le servirán en esa eventualidad de escudo valiosísimo frente a los adversarios obstinados de la Nobleza, pues éstos se verán obligados a reconocer que el noble fiel así mismo, a su Fe y tradiciones, no es un extravagante que elucubró por su cuenta las convicciones y el estilo de vida que lo caracterizan, sino que todo ello procede de una fuente inmensamente más alta, de una inspiración también inmensamente más universal: la doctrina tradicional de la Iglesia Católica.

 

Es posible que los oponentes de la Nobleza odien dichas enseñanzas; sin embargo, no les será posible rebajarlas a la simple categoría de elucubración individual de un estrafalario, de un paladín quijotesco de lo que fue y nunca más será.

 

Puede ser que todo esto no persuada al objetante, pero impondrá a su ofensiva una mengua en desenvoltura y fuerza de impacto dialécticamente muy ventajosa para quien haga la apología de la Nobleza y de las élites tradicionales. Sobre todo esto es verdad si el detractor de la clase noble es un católico o —¡pro dolor!— un sacerdote.

 

Dentro de la crisis trágica en que se debate la Iglesia (4) —a la cual alude Pablo VI utilizando la expresión “autodemolición”, y afirmando tener la sensación de que “ha penetrado el humo de Satanás en el templo de Dios”(5)no es difícil que esto ocurra, ni que una ofensiva contra la Nobleza —o bien contra alguna otra élite tradicional, o incluso no tradicional— pretenda apoyarse en pasajes de las Sagradas Escrituras. En ambas situaciones es de gran importancia, tanto para el noble como para el miembro de cualquiera de esas élites, apoyarse en las enseñanzas de Pío XII y en las de sus antecesores y sucesores, colocando a su oponente en la dura contingencia de confesar su error o afirmarse en expresa contradicción con las enseñanzas pontificias alegadas en esta obra.

 

5. Nociones intuitivas e implícitas no bastan —

Riqueza de conceptos con que Pío XII trató del asunto

 

Se ha hecho hace poco referencia a las numerosas objeciones de las cuales es blanco la institución nobiliaria en nuestros días, y las respuestas que a los nobles cabe tener preparadas y afiladas en su defensa.

 

En realidad, no les falta a quienes discuten a favor y en contra de la Nobleza una cierta noción intuitiva difusa de lo que ésta proclama ser en razón de su misma esencia, de su razón constitutiva y de su fidelidad a la Civilización Cristiana. Sin embargo, meras nociones intuitivas de ese género, habitualmente más implícitas que explícitas, no bastan como materia prima para una discusión seria y concluyente; de ahí la habitual esterilidad de tantas controversias sobre el tema.

 

Añádase, además, que la bibliografía contraria a la Nobleza es mucho más abundante y fácil de encontrar que la existente a su favor. Esto explica, por lo menos parcialmente, que quienes propugnan la Nobleza estén frecuentemente menos informados sobre la materia, y se muestren por ello más inseguros y tímidos que sus contrincantes.

 

Los aspectos principales de una actualizada apología de la Nobleza y de las élites tradicionales son desarrollados por el inolvidable Pontífice Pío XII en sus alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana, con la altura de mira, riqueza de conceptos y concisión de lenguaje que el lector podrá apreciar a continuación. Esto constituye un motivo más para hacer útil y oportuno el conocimiento de la presente obra.

 

6. ¿Alocuciones de pura cortesía social,

vacías de contenido, de pensamiento y de afecto?

 

Probablemente habrá quien, con evidente frivolidad, se creerá dispensado de leer y ponderar las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana alegando que son documentos de exclusiva cortesía social, vacíos de cualquier contenido doctrinal o afectivo.

 

Muy diferente fue el juicio de Pablo VI: “Quisiéramos deciros muchas cosas. Son muy numerosas las reflexiones que despierta vuestra presencia. Lo mismo les sucedía a nuestros venerados Predecesores —especialmente al Papa Pío XII, de feliz memoria—, los cuales en ocasiones como ésta os dirigieron magistrales discursos que os invitaban a meditar; considerando a la luz de sus admirables enseñanzas tanto las condiciones de vuestra situación como las de nuestro tiempo. Queremos creer que el eco de aquellas palabras, como el viento que bincha una vela, (...) vibre aún en vuestros corazones, colmándolos de aquellas austeras y magnánimas llamadas que alimentan la vocación que la Providencia os ha marcado, y rigen el ejercicio de aquella función que la sociedad contemporánea espera que ejerzáis también hoy.”(6)

 

Además, en cuanto a su contenido doctrinal, la mera lectura de los textos de dichas alocuciones y de los comentarios que las acompañan, hace ver toda sus riqueza y oportunidad. A lo largo de estas páginas saltará a los ojos del lector que esa oportunidad, lejos de desvanecerse con el tiempo, no hace, por el contrario, sino acentuarse.

 

Falta decir algo sobre el contenido afectivo de las mismas. Para ello, basta mencionar estas palabras dirigidas por Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana en su discurso de 1958:

 

“Vosotros, que no dejabais de visitarnos al inicio de cada nuevo año, recordaréis sin duda la cuidadosa solicitud con que Nos ocupábamos de allanaros el camino hacia el porvenir, que se anunciaba ya entonces áspero por las profundas convulsiones y transformaciones que amenazaban al mundo. Estamos, por tanto, seguros de que cuando vuestras frentes estén también coronadas de nieve y de plata, no sólo seréis testigos de Nuestra estima y de Nuestro afecto, sino también de la verdad, funda­mento y oportunidad de Nuestras recomendaciones, así como de los frutos que, según esperamos, de ellas habrán provenido para vosotros mismos y para la sociedad. En particular recordaréis a vuestros hijos y nietos cómo el Papa de vuestra infancia y niñez no omitió indicaros los nuevos deberes que las cambiadas condiciones de los tiempos imponían a la Nobleza."(7)

 

Estas palabras dejan ver, sin ningún género de duda, que las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana obedecían a altos designios, claramente definidos en lamente y en el corazón del Pontífice. Dejan ver también la importancia y durabilidad de los frutos que de ellas esperaba; al contrario, por tanto, de lo que ocurriría con alocuciones de pura cortesía social, vacías de contenido, de pensamiento y de afecto.

 

El aprecio de Pío XII por la Nobleza hereditaria se destaca también con peculiar brillo en las siguientes palabras dirigidas a la Guardia Noble Pontificia el 26 de diciembre de 1942:

 

“Nadie puede mostrarse celoso de que os tengamos un especial afecto. En efecto, ¿a quién está confiada la custodia inmediata de Nuestra persona sino a vosotros? ¿ Y no sois vosotros la primera de Nuestras Guardias?

 

“¡Guardia! Altisonante es este nombre ante él, el ánimo se conmueve, el pensamiento se enciende. En este nombre vibran y hablan el amor ardiente al Soberano, la fidelidad indefectible a su persona y a su causa; vibran la generosidad a toda prueba, la constancia y la valentía invencible en los peligros enfrentados a su servicio y por su defensa; hablan las virtudes que, si por una parte plasman al héroe victorioso, por otra suscitan en el Soberano estima, afecto y confianza para con su Guardia.

 

“Vosotros, guardia de Nuestra Persona, sois nuestra coraza, bella en virtud de aquella nobleza que es privilegio de sangre y que, ya antes de vuestra admisión en el Cuerpo, resplandecía en vosotros como prenda de vuestra devoción; porque, según el antiguo proverbio ‘bon sang ne peut mentir’.(8) La sangre que pasa gradualmente de generación en generación en vuestros ilustres linajes es vida, y transmite consigo el fuego de aquel dedicado amor a la Iglesia y al Romano Pontífice que no disminuye ni se enfría con el cambiar de los acontecimientos, sean tristes o alegres. En los más sombríos momentos de la Historia de los Papas, la fidelidad de vuestros antepasados ha brillado con mayor esplendor y evidencia, más generosa y ardiente que en los momentos luminosos de magnificencia y prosperidad material. Siempre que el Papado se ha encontrado expuesto a los asaltos de la ambición o de la codicia, siempre que se ha visto oprimido o despojado, vuestros abuelos, ufanos de su Fe y lealtad, han cerrado filas, imperturbables frente a la sucesión de tempestades. Ninguna consideración humana, ninguna solicitación, ninguna lisonja, ninguna amenaza consiguió hacerles abandonar sus propósitos, arrancarles de su puesto ni desviarse del sendero de su fidelidad. Tan escogida tradición de virtud familiar, así como fue transmitida en el pasado de padres a hijos, continuará, no lo dudamos, comunicándose de generación en generación como herencia de grandeza de ánimo y de nobilísimo orgullo de la estirpe.”(9)

 

 7.  Documentos de valor permanente

 

 Pero —dirá alguien por fin— después de Pío XII se inauguró para la Iglesia otra era: la de Concilio Vaticano II. Todas las alocuciones del fallecido Pontífice dirigidas al Patriciado y a la Nobleza romana cayeron así como hojas muertas en el suelo de la Iglesia, y los Papas conciliares y postconciliares no volvieron a tratar del asunto.

Tampoco esto es verdad, y para demostrarlo son mencionados en este trabajo, argumentandi gratia, expresivos documentos de los sucesores del llorado Pontífice.(10)  

No nos queda, pues, sino pasar a estudiar las señaladas alocuciones de Pío XII, haciendo resaltar en ellas su magnífico caudal de doctrinas.


Notas

1) Cfr. Capítulo III, 3 y 4. Pueden encontrarse también esclarecedores fragmentos de documentos pontificios en el Apéndice II.

2) Cfr. Capítulo I,6.

3) Cfr. Capítulo IV, 8 y Capítulo V, 6.

4) La bibliografía sobre este tema es vasta. Véase especialmente: Viftorio Messori a coloquio con il cardinale Joseph RATZINGER, Rapporto sulla fede, Edizioni Paoline, Milano, 1985,218 Pp.; Romano AMERIO, Iota unurn—Studio delle variazioni della Chiesa Cattolica nel secolo XX, Riccardo Ricciardi Editore, Milán-Nápoles, 1985, 656 Pp.

A título de ejemplo, se mencionan a continuación algunas obras más que hacen referencia a dicha crisis: Dietrich von HILDEBRAND, Le cheval de Troje dans la cité de Dieu, Beauchesne, Paris, 1970,239 Pp.; Dr. Rudolf GRABER, Obispo de Regensburg, Athanasius und dic Kírche unsererZeit, Verlag und Druck Joseph Kral, Abensber, 1973, 87 Pp.; Dietrich von HILDEBRAND, Der verwüstete Weinberg, Verlag Joseph Habbel, Regensburg, 1973, 247 PP.; Cornelio FABRO, L’avventura della teologia progressista, Rusconi Editore, Milano, 1974, 322 Pp.; Cornelio FABRO, La svolta antropologica di Karl Rahner, Rusconi Editore, Milano, 1974, 250 Pp.;  Anton HOLZER, Vatikanum II Reformkonzil oder Konstituante einer neuen Kirche, Saka, Basel, 1977, 352 PP.; Wigand SIEBEL, Katholischoderkonziljar DieKrisederKirchehcute, Langen Müller, München-Wien, 1978,469 pp.; Cardinal Joseph SIRT, Gethsemani Réflexions Sur le mouvemen théologique contemporain, Téqui, Paris, 1981, 384 Pp.; Enrique RUEDA, The Homosexual Networl, The Devin Adair Company, Oíd Oreenwich, Connecticut, 1982,680 PP.; Prof Dr. Georg MAY, Der Glauhe in der nachkonziliaren Kirche, Mediatrix Verlag, Wien, 1983, 271 Pp.; Richard COWDEN-GUIDO, John Paul II and the Battlefor Vatican II, Trinity Cornmunications, Manassas, Virginia, 1986, 448 Pp.

5) “La Iglesia atraviesa hoy un momento de inquietud. Algunos se ejercitan en la autocrítica, se diría que hasta en la autodemolición. Es como una agitación interior aguda y compleja que nadie esperada tras el concilio (...) La Iglesia es también golpeada por quienes forman parte de ella” (Discurso al Pontificio Seminario Lombardo, 7/12/1968 Insegnamenti di Paolo VI, Tipografia Poliglotta Vaticana, vol. VI,p. 1.188).

“Refiriéndose a la situación de la Iglesia de hoy, el Santo Padre afirma tener la sensación de que ‘por alguna fisura ha penetrado el humo de Satanás en el templo de Dios”’ (Homilía Resistite Fortes in fide, 29/6/1972 in Insegnamenti di Paolo VI, vol. X, p. 707).

6) PNR 964. Insegnamenti vol. II, p. 73.

7) PNR 1958, p. 708.

8) La buena sangre no puede defraudar.

9) Discorsi e Radiomessagi, vol. V, pp. 349-350.

10) Cfr. Cap. I, 6, Cap. IV, 11

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