
Nobleza y élites tradicionales análogas.
PARTE I - Capítulo II; 1, 2, 3.
Plinio Corrêa de Oliveira
CAPITULO
II
Situación
de la Nobleza italiana
en el Pontificado de Pío XII
El
alcance universal de las Alocuciones al
Patriciado
y
a la
Nobleza romana
1.
¿Por qué tratar especialmente de la Nobleza italiana?
En
1947 la Constitución de la Italia republicana declaró abolidos los Títulos
nobiliarios.1 Se asestó así el último golpe a la situación jurídica
de una clase milenaria, hoy en plena existencia como realidad social, y quedó
creado un problema social complejo en todos sus aspectos.
Ya
se hacía notar esta complejidad en los antecedentes de la cuestión. Al
contrario de lo que ocurre en otros países europeos —Francia y Portugal, por
ejemplo— la composición de la Nobleza italiana es muy acentuadamente
heterogénea. En efecto, antes del movimiento de unificación política ocurrido
durante el siglo pasado en aquella península, los títulos de Nobleza eran
concedidos por cada uno de los soberanos que ejercieron su poder sobre las
diversas partes del territorio italiano: Emperadores del Sacro Imperio Romano
Germánico, Reyes de España, de las Dos Sicilias, de Cerdeña, Grandes Duques
de Toscana, Duques de Parma y otros más, sin hablar de los Patriciados de
ciudades como Florencia, Génova y Venecia, y principalmente —es lo que más
nos interesa para el presente estudio—, los Papas.
Estos
últimos, soberanos temporales de un Estado relativamente extenso, también
concedían Títulos nobiliarios, y continuaron concediéndolos hasta después de
la extinción de
facto de
su soberanía temporal en los antiguos Estados Pontificios.
Cuando,
en 1870, se consumó la unificación de Italia con la invasión de Roma por las
tropas del Piamonte, la Casa de Saboya intentó amalgamar esas diferentes
noblezas en un solo todo. Política y jurídicamente el intento fracasó. Muchas
familias nobles se mantuvieron fieles a las dinastías depuestas de las cuales
habían recibido sus títulos, y, en especial, una considerable parte de la
aristocracia romana continuó figurando oficialmente y según la tradición en
las solemnidades del Vaticano, se negó a reconocer la anexión de Roma a
Italia, rechazó cualquier aproximación al Quirinal, y cerró sus salones en señal
de protesta. A esta Nobleza así enlutada se le dio el nombre de Nobleza
Negra.
No
obstante, desde el punto de vista social, esta amalgama se dio generalmente en
no pequeña escala, mediante los matrimonios, relaciones sociales, etc.,
haciendo que la aristocracia italiana constituya en nuestros días un solo todo,
al menos bajo muchos puntos de vista.
El
Tratado de Letrán de 1929, en su artículo 42, aseguraba, sin embargo, a la
Nobleza romana una situación especial, pues reconocía al Papa el derecho a
continuar otorgando Títulos nobiliarios y aceptaba los que anteriormente habían
sido concedidos por la Santa Sede.2
No
se encuentra ninguna mención a este asunto en el concordato de 1985 entre la
Santa Sede y la República Italiana.
*
*
*
La
situación de la Nobleza italiana —como la de la Nobleza europea en general no
deja de presentar aspectos complejos.
En
la Edad Media, constituía una clase social con funciones específicas dentro
del Estado, a las cuales estaban vinculados determinados honores, así como las
correspondientes obligaciones.
En
el transcurso de la Edad Moderna esta situación fue perdiendo gradualmente
consistencia y relieve, de manera que, ya antes de la Revolución de 1789, la
distinción entre Nobleza y plebe era considerablemente menos notable que en la
Edad Media.
A
lo largo de las revoluciones igualitarias del siglo XIX, la situación de la
Nobleza sufrió sucesivas mutilaciones, hasta tal punto que en la Monarquía
italiana de finales de la II Guerra Mundial su poder político sobrevivía en un
estado de prestigiosa tradición, vista con respeto y afecto por la mayoría de
la sociedad. Contra este residuo, la Carta Magna republicana intentó descargar
el último golpe.3
Ahora
bien, mientras en el cuadro de la Historia se desarrollaba de modo tan acentuado
la curva descendente del poder político de la aristocracia, su situación
social y económica seguía el mismo rumbo, aunque más lentamente. Por sus
propiedades agrícolas y urbanas, castillos, palacios, tesoros artísticos, por
el realce social de sus nombres y de sus Títulos, por el irreprochable valor
moral y cultural de su ambiente tradicional doméstico, sus maneras, su estilo
de vida, la Nobleza aún se encontraba a inicios de siglo en la cumbre de la
organización social.
Las
crisis derivadas de la primera guerra mundial causaran algunas modificaciones en
este cuadro, privando de sus medios de vida a parte de las familias nobles y
obligando a muchos de sus miembros a asegurar su subsistencia —aunque honesta
y dignamente— mediante el ejercicio de profesiones en desacuerdo con su
psicología, sus hábitos y el prestigio social de su clase.
Por
otro lado, la sociedad contemporánea, cada vez más modelada por las finanzas y
por la técnica, creaba nuevas relaciones y situaciones, así como nuevos
centros de influencia social, habitualmente ajenos a los cuadros clásicos de la
aristocracia. Así, todo un nuevo orden de cosas nacía junto al antiguo, que
vivía aún, e iba disminuyendo, a su vez, la importancia social de la Nobleza.
En
detrimento de esta clase se sumaba, por fin, un elemento ideológico de considerable
importancia: la adoración del progreso técnico y
de la igualdad pregonada por la Revolución de 1789 tendían a crear un clima de odio, de prevención, de
difamación y sarcasmo contra la Nobleza fundada en la tradición y transmitida
del modo que la demagogia igualitaria más odia: por la sangre y por la cuna.
La
II Guerra Mundial acarreó a muchas familias nobles nuevas y más amplias
quiebras económicas, que acentuaron en grado aún mayor la gravedad de los múltiples
problemas con que la aristocracia se enfrentaba. Estaba así definida la crisis
en grado agudo de una gran clase social. Este era el cuadro en presencia del
cual Pío XII trató de la situación contemporánea de la Nobleza italiana en
sus alocuciones al Patriciado y a la Nobleza romana, con evidente aplicabilidad
para toda la Nobleza europea.
2.
Pío XII
y la
Nobleza romana
Esta
situación, particularmente en lo referente a la Nobleza romana, era conocida
por Pío XII en todos sus pormenores.
Pertenecía,
en efecto, a una familia noble, cuya esfera de relaciones se situaba
Había
en aquel Papa algo imponderable que hacía pensar en Nobleza: su alto y esbelto
porte, su modo de andar, sus gestos, hasta sus manos. Aquel Pontífice de espíritu
tan universal y tan amigo de los pequeños y de los pobres, era al mismo tiempo
muy romano, y tenía la atención, la consideración y el afecto vueltos también
hacia la Nobleza romana.
“En el Patriciado y
en la Nobleza romana Nos siempre vemos y amamos a un grupo de hijos e hijas que
se ufanan de su tradicional vínculo de fidelidad para con la Iglesia y el
Romano Pontífice, cuyo amor hacia el Vicario de Cristo brota de la profunda raíz
de la Fe, sin disminuir ni por el transcurso de los años, ni por las variadas
vicisitudes de los tiempos y de los hombres. En medio de vosotros Nos sentimos más
romanos por el modo de vivir, por el aire que hemos respirado y respiramos, por
el mismo cielo, por el mismo sol, por las mismas orillas del Tíber sobre las
que se meció Nuestra cuna, por aquel suelo sagrado hasta en lo más recóndito
de sus entrañas, desde el cual Roma comunica a todos sus hijos los auspicios de
una eternidad que se eleva hasta el Cielo.”5
3.
Alcance universal de las alocuciones de Pío XII al Patriciado y
a la Nobleza romana
Así
enunciado el asunto, puede parecer a primera vista que las Alocuciones al
Patriciado y a la Nobleza romana interesan únicamente a Italia.
En
realidad, sin embargo, la crisis que afectaba a la Nobleza italiana se dio, mutatis
mutandis, en todos los países que tuvieron un pasado monárquico y aristocrático,
como también en aquellos que viven actualmente bajo un régimen monárquico,
con sus respectivas Noblezas colocadas en una situación análoga a la que
ocupaba la de Italia hasta la caída de la dinastía de Saboya en 1946.
Es
más: incluso en los Estados con pasado no monárquico, se constituyeron por el
propio orden natural de las cosas aristocracias de hecho, si no de derecho.6
Ahora bien, también en esos países la oleada de igualitarismo demagógico
nacido de la Revolución de 1789 y llevado a su apogeo por el comunismo ha
creado en ciertos ambientes una atmósfera de irritación e incomprensión en
relación a las élites tradicionales.
Las
alocuciones del Santo Padre Pío XII tienen, por lo tanto, un interés
universal, aumentado por el hecho de que, al analizar la situación tal y como
se presenta en Italia, el Papa se eleva a altas consideraciones de orden
doctrinal y, por tanto, de alcance perenne y universal.
Por
ejemplo, en la alocución del 26 de diciembre de 1941, dirigida a la Guardia
Noble Pontificia, se encuentra este párrafo, en el que Pío XII —a partir de
consideraciones sobre la Nobleza— se eleva a las más altas reflexiones filosóficas
y religiosas:
“Sí.
La Fe ennoblece aún más vuestras filas, porque toda nobleza viene de Dios,
Ente nobilísimo y fuente de toda perfección. Todo en El es nobleza del ser.
Cuando Moisés, enviado a libertar al pueblo de Israel del yugo del Faraón,
preguntó a Dios sobre el monte Horeb cuál era Su nombre para manifestarlo al
pueblo, el Señor le dijo: ‘Yo soy el que soy: Ego
Sum qui sum. He aquí lo que dirás a los
hijos de Israel. El que es, Qui est, me
ha enviado a vosotros’ (Ex. III, 14). ¿Qué es, entonces, la nobleza? ‘La
nobleza de toda y cualquier cosa —enseña el Angélico Doctor Santo Tomás—
es proporcionada a su ser. En efecto, el hombre no recibiría de su sabiduría
ninguna nobleza, si por medio de ésta no fuera sabio, y lo mismo ocurre con las
demás cosas [o seres]. Por tanto, el
modo por el cual una cosa es noble corresponde al modo por el cual posee el ser;
porque se dice que una cosa es más o menos noble en la medida que su ser es
caracterizado por un grado especial de mayor o menor nobleza... Ahora bien,
Dios, que es su propio Ser, posee el ser en toda su plenitud; por lo tanto no
puede carecer de ninguna nobleza que compete a cualquier otro ser’ (Contra
Gentiles, L. 1, c. 28).
“También
de Dios recibís vuestro ser; Él os ha hecho y no vosotros mismos. ‘Ipse
fecit nos et non ipsi nos’ (Sí. XCIX, 3). Os ha dado nobleza de sangre,
nobleza de valor, nobleza de virtud, nobleza de Fe y Gracia cristiana. La
nobleza de sangre la ponéis al servicio de la Iglesia y en la guardia del
sucesor de Pedro; nobleza de las felices obras de vuestros mayores que os
ennoblecen a vosotros mismos, si tenéis el cuidado de agregarles día a día la
nobleza de la virtud (...).
La nobleza unida con la virtud reluce tan digna de alabanza que la luz
de la virtud eclipsa con frecuencia el de la nobleza. Y en los fastos y en las
desventuras de las grandes familias resta a veces como sola y única nobleza la
cualidad de la virtud, como no dudó en afirmarlo aun el pagano Juvenal (Satyr.
VIII, 19-20):
“Tota licet veteres exoment undique cerae atria, nobilitas sola est atque unica virtus".
“[Aunque
las viejas figuras de cera adornen por todos lados los palacios de las grandes
familias, la virtud es su única y exclusiva nobleza].”7
Notas
1)
Este capítulo,
que se refiere especialmente a la Nobleza italiana, resulta necesario para
comprender el conjunto de las alocuciones de Pío XII aquí comentadas. Sin
embargo, como se ha señalado anteriormente y más adelante se volverá a
afirmar (cfr. Capítulo 1, 2; Capítulo II, 3), presentan un interés general
para las aristocracias y élites análogas de todos los países.
En
la presente obra, el autor considera genéricamente la Nobleza y élites
tradicionales análogas de Europa y América y, como es natural, ilustra o
documenta sus afirmaciones con diversos ejemplos históricos. Los que se
refieren a la Nobleza europea, hacen alusión en la mayor parte de los casos a
las Noblezas de Francia, España y Portugal, o bien —como es forzoso— a la
romana. Si fuesen dados ejemplos de las Noblezas de todos los países europeos,
el presente libro alcanzaría un volumen excesivo, y eso ocurría aun cuando el
autor se limitara a añadir ejemplos de tan sólo cuatro de las Noblezas aquí
menos citadas que desempeñaron en la historia de la cultura del Continente una
acción de primordial importancia: las de Italia, Austria, Alemania e
Inglaterra.
En
realidad, la admirable pluralidad de aspectos que se encuentra en las Noblezas
de los países europeos pediría que, una vez recogidos los ejemplos que ilustren
su génesis desarrollo y decadencia, se hiciese una edición especial del
presente libro. Tal vez el autor llegue a emprender esta labor, si encuentra el
necesario tiempo en sus funciones de Presidente del Consejo Nacional de la
Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad —
TFP.
2)
El Tratado
de 11 de febrero de 1929 establecía:
“Art.
42. Italia admitirá el reconocimiento, mediante Decreto Real, de los Títulos
nobiliarios concedidos por los Sumos Pontífices aun después de 1870, y de los
que sean concedidos en el futuro. Se establecerán los casos en los cuales dicho
reconocimiento no estará sujeto en Italia al pago de tasas” (Racolta di
Concordati su Materie Eccíesiastiche tra la Santa Sede e la Autoritá Civili, Tipografia
Poliglotta Vaticana, 1954, vol. 11, p. 102).
Las
tasas mencionadas en este párrafo del Tratado son una cuantía simbólica
que el Estado Italiano exigía a los nobles de los Estados previos a la
unificación para obtener el reconocimiento de sus títulos y su filiación a la
Nobleza. La dispensa en ciertos casos de dichas tasas era el único y pequeñísimo privilegio tributario otorgado
por el Tratado a los nobles pontificios. Desde el punto de vista legal, han
continuado, pues, existiendo una al lado de la otra —y ya en paz— dos
noblezas: la italiana y la romana.
3)
Tomando en
consideración que las alocuciones pontificias aquí comentadas están dirigidas
al Patriciado y a la Nobleza romana y, de algún modo, a la globalidad de la
Nobleza italiana, es útil para el estudio de esas alocuciones decir algo sobre
la situación de la Nobleza en las sucesivas Constituciones de la Italia
unificada, tanto de la monárquica como de la republicana.
El
Estatuto Albertino, que estuvo en vigor de 1848 a 1947, era el Estatuto
Constitucional del reino de Cerdeña. Promulgado el 4 de marzo de 1848 por el
rey Carlos Alberto, fue sucesivamente puesto en vigor en los Estados anexionados
por aquel Reino y adoptado posteriormente como constitución de la Italia
unificada. Con respecto a los Títulos de Nobleza establecía lo siguiente:
“Art.
79 —
Los Títulos
de Nobleza les serán mantenidos a quienes tengan derecho a ellos. El Rey podrá
conceder nuevos Títulos.
“Art.
80 —
Nadie
podrá recibir condecoraciones, títulos o pensiones de una potencia extranjera
sin autorización del Rey” (Statuto del Regno, annotato
dall’advocato Carlo Gallini, Unione Tipografico Editrice, Torino, l878, p.
102).
A
su vez, la Constitución Italiana de 1947 establece en sus Disposiciones
Transitorias y Finales:
“XIV —
No se
reconocen los Títulos nobiliarios.
“Los predicati
de los existentes antes de 28 de octubre
de 1922 serán válidos como parte del nombre.
“La
Orden Mauriciana será conservada como institución hospitalaria, y funcionará
del modo establecido por la ley.
“La
ley regulará la supresión de la Consulta
Araldica” (Constituzione della
Repubblica Italiana, “Gazetta Ufficiale”, n° 298, 27/1 2/1 947, Pp.
45-46).
El
predicato del título está constituido por el nombre del antiguo
territorio añadido al apellido (por ejemplo, príncipe Colonna di Paliano). La
Constitución de 1947 autoriza a que aparezca en los documentos este apellido
compuesto, con tal que fuera anterior al fascismo.
Según
le consta al autor, la Consulta Araldica de
la época monárquica era el tribunal específico para los casos de Títulos en
disputa, escudos de armas, etc. Pese a no tener valor legal, pero sí mucha
fuerza moral e histórica, ha sido sustituida hoy por el Cuerpo de la Nobleza
Italiana, dotado de un tribunal de consulta para la admisión de miembros y
socios a entidades como la Orden de Malta, el Circolo
della Caccia (Círculo de Caza), el Circolo
degli Scachi (Círculo de Ajedrez), etc.
No
se le reconoce a la Nobleza ningún tipo de privilegio político ni tributario
ni en la vieja ni en la nueva Constitución italiana. Incluso en el Estatuto
Albertino la Nobleza era reconocida como una mera reminiscencia del pasado.
4) Cfr. Libro d'Oro della Nobiltá Italiana, Collegio Araldico, Roma, 10ª ed., 1986-1989, vol. XX.
5) PNR 1941, p. 363
6) Cfr. Capítulo V, 1; PNR 1947, pp. 370-371
7) Discorsi e Radiomessaggi, vol. III, pp. 337-338.