
Nobleza y élites tradicionales análogas.
PARTE I - Capítulo III; 1, 2, 3 y 4.-
Plinio Corrêa de Oliveira
CAPITULO III
Pueblo y masa - Libertad e igualdad
en un régimen democrático:
conceptos genuinos y conceptos revoluccionarios
Las enseñanzas de Pío XII
Antes
aún de abordar los textos de las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la
Nobleza romana, parece conveniente evitar el sobresalto que la lectura de los
presentes comentarios podrá producir a ciertas personas influenciadas por el
populismo radicalmente igualitario de nuestros días, así como a otras
—pertenecientes quizá a la nobleza o a élites análogas— que tendrán
miedo de enfurecer a los corifeos de dicho populismo con la afirmación franca y
desinhibida de muchas de las tesis enunciadas a lo largo de este trabajo. Para
ello, resulta oportuno evocar y explicar la verdadera doctrina católica sobre
las justas y proporcionadas desigualdades en la jerarquía social, y
eventualmente también en la jerarquía política.
1. Legitimidad y hasta necesidad de que existan justas y
proporcionadas desigualdades entre
las clases sociales
La doctrina marxista de la lucha de clases afirma el carácter injusto y nocivo de todas las desigualdades y la consecuente licitud de que la clase menos alta, se movilice a nivel universal para eliminar a las más altas. “¡Proletarios de todos los países, unios!” este es el conocido grito con que Marx y Engels concluyeron el manifiesto comunista de 1848.1
En sentido contrario, la doctrina católica tradicional
afirma la legitimidad e incluso la necesidad de que existan justas y
proporcionadas desigualdades entre los hombres2, y condena, en
consecuencia, la lucha de clases.
Obviamente, esa condenación no se aplica a una
clase que se empeñe en que le sea reconocida en el cuerpo social, o
eventualmente en el político, la posición que le pertenece, e incluso luche a
favor de ello; pero la Iglesia se opone a que la legítima actitud de defensa de
una clase agredida degenere en una guerra de exterminio de las demás o en el
rechazo de la posición que respectivamente les corresponde dentro del conjunto
social. El católico debe desear que exista mutua paz y armonía entre las
diversas clases, y no una lucha crónica, máxime cuando lo que se pretende es
establecer una igualdad completa y radical.
Todo esto se comprendería mejor si las admirables enseñanzas
de Pío XII sobre pueblo y masa hubiesen sido adecuadamente difundidas por todo
Occidente.
“¡Oh Libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen
en tu nombre!”,
exclamó
la famosa revolucionaria francesa Madame Roland, junto a la guillotina en que
fue ejecutada por decisión del régimen del Terror.3 Contemplando la historia
de nuestro perturbado siglo XX se podría análogamente exclamar: “¡Pueblo,
pueblo, cuántos desatinos, cuántas injusticias, cuantos crímenes cometen en
tu nombre los demagogos revolucionarios de hoy en día!”
Es cierto que la Iglesia ama al pueblo y se ufana de
haberlo hecho de modo especial desde el primer momento en que fue instituida por
su Divino Maestro. Pero, ¿qué es el pueblo? Es algo muy diferente de la masa;
sí, de la masa agitada como el mar revuelto, fácil presa de la demagogia
revolucionaria.
A esas masas la Iglesia, que es madre, tampoco les recusa
su amor; antes bien, precisamente movida por él, les desea el bien precioso de
que sean ayudadas a pasar de la condición de masa a la de pueblo.
¿No habrá, sin embargo, en esas afirmaciones un mero
juego de palabras? ¿Qué es la masa? ¿Qué es el pueblo?
2.
Pueblo y multitud amorfa: dos conceptos diferentes
Las admirables enseñanzas de Pío XII explican muy bien
esta diferencia, y describen claramente como ha de ser la natural concordia que,
al contrario de lo que afirman los profetas de la lucha de clases, puede y debe
existir entre las élites y el pueblo.
Afirma Pío XII en su Radiomensaje de Navidad de 1944:4
“Pueblo
y multitud amorfa o, como se suele decirse, masa, son dos conceptos diferentes.
1.-
“El pueblo vive y se mueve con vida propia, la masa es de por sí
inerte y no puede ser movida sino desde fuera.”
2.-
“El pueblo vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen,
cada uno de los cuales —en su propio puesto y a su manera— es una persona
consciente de sus propias responsabilidades y convicciones. La masa, por el
contrario, espera el impulso del exterior, fácil juguete en las manos de
cualquiera que sepa manejar sus instintos o sus impresiones, pronta para seguir
alternadamente hoy esta bandera, mañana aquella otra".
3.- “De la exuberancia de vida de un verdadero pueblo, la vida se esparce, abundante y rica, por el Estado y por todos sus órganos, infundiendo en ellos, con vigor incesantemente renovado, la conciencia de su propia responsabilidad, el verdadero sentido del bien común. Sin embargo, de la fuerza elemental de la masa, manejada y aprovechada con habilidad, puede servirse también el Estado. en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos, agrupados artificialmente por tendencias egoístas, el propio Estado —con la ayuda de la masa, reducida a simple máquina- puede imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo; el interés común queda así golpeado gravemente durante largo tiempo, y la herida es con frecuencia muy difícil de curar”.

3.
También en una democracia deben existir
las desigualdades provenientes de la naturaleza
A continuación, el Pontífice
distingue entre verdadera y falsa democracia: la primera es corolario de la
existencia de un verdadero pueblo; la segunda es consecuencia, a su vez, de la
reducción del pueblo a la condición de mera masa humana.
4.-
“De ello se desprende claramente
otra conclusión: la masa —tal como acabamos de definirla— es la enemiga
capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad.”
5.-
“En un pueblo digno de este
nombre, el ciudadano siente en si mismo la conciencia de su personalidad, de sus
deberes y de sus derechos, de su propia libertad unida al respeto a la libertad
y a la dignidad de los demás. En un pueblo digno de este nombre, todas las desigualdades, que no nacen
del arbitrio, sino de la propia naturaleza de las cosas, desigualdades de
cultura, de riquezas, de posición social —sin perjuicio, claro está, de la
justicia y de la caridad mutua—, no son de hecho un obstáculo para que exista
y predomine un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad. Por el
contrario, lejos de perjudicar de ningún modo la igualdad civil, dichas
desigualdades le confieren su legítimo significado; es decir, que, frente al
Estado, cada uno tiene el derecho de vivir honradamente su propia vida personal
en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la
Providencia le han colocado.”
Esta definición de la genuina y legítima igualdad
civil, así como de los correlativos conceptos de fraternidad
y comunidad mencionados en el mismo párrafo, esclarece,
a su vez, con gran riqueza de
pensamiento y propiedad de expresión, lo que son según la doctrina católica
la verdadera igualdad, fraternidad y comunidad;
igualdad y fraternidad éstas, radicalmente opuestas a aquellas que, en el
siglo XVI, las sectas protestantes instauraron en mayor o menor medida en sus
respectivas estructuras eclesiásticas, como también al tristemente célebre
trinomio que la Revolución Francesa y sus adeptos enarbolaron en todo el mundo
como lema en el orden civil y social, y que la Revolución comunista de 1917
extendió, por fin, al orden socio-económico.5
Esta observación es particularmente importante si
se toma en consideración que, en el lenguaje usado corrientemente tanto en las
conversaciones particulares como en los mass-media,
estas palabras son entendidas en el sentido erróneo y revolucionario en la
mayoría de los casos.
4.
En una democracia desvirtuada la libertad
se transforma
en tiranía y la igualdad
degenera en
nivelación mecánica
Después de haber definido lo que es la verdadera
democracia, Pío XII pasa a describir la falsa:
6.- “En contraste con este cuadro del ideal
democrático de libertad e igualdad en un pueblo gobernado por manos honradas y
previsoras, ¡qué espectáculo ofrece un Estado democrático abandonado al
arbitrio de la masa! La libertad, en cuanto deber moral de la persona, se
transforma en una pretensión tiránica de dar libre desahogo a los impulsos y a
los apetitos humanos, con perjuicio de los demás. La igualdad degenera en una
nivelación mecánica, en una uniformidad monocroma; el sentimiento del
verdadero honor, la actividad personal, el respeto a la tradición, la dignidad,
en una palabra, todo aquello que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y
desaparece. Solamente sobreviven, por una parte, las víctimas engañadas por la
llamativa fascinación de la democracia, confundida ingenuamente con el propio
espíritu de la democracia, con la libertad y la igualdad; y, por otra parte,
los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del
dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición
privilegiada o el propio poder.”6
En estos principios del Radiomensaje de Navidad de
1944 se funda gran parte de las enseñanzas enunciadas por Pío XII en las
alocuciones dirigidas al Patriciado y a la Nobleza romana, así como a la
Guardia Noble Pontificia.
A partir de esta situación objetivamente descrita por el Pontífice, es evidente que, como veremos a continuación, incluso en los días de hoy, en un Estado bien ordenado —sea monárquico, aristocrático o democrático— les cabe a la Nobleza y a las élites tradicionales una alta e indispensable misión.
Notas:
1- Karl MARX, F. ENGELS, Obras (Edición dirigida por Manuel Sacristán Luzón), Crítica (Grijalbo), Barcelona-Buenos Aires-México, 1978, vol.9 p.169.
2- Cfr. Documentos V.
3- J. B. WEISS, Historia Universal, Tipografía la Educación, Barcelona, 1931, vol. XVII, p.676.
4- Es del autor la numeración que separa los párrafos.
5- Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución, Editorial Fernando III el Santo, Bilbao, 1978, pp. 38-41. Véase también el Apéndice II de la presente
obra.
6- Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, pp. 239-240.