
Significado
y
Simbolismo
de la imagen del
Perpetuo Socorro
por Juan Ferrero C.Ss. R.
(Basado en la monografía de Clemente Henze)
Síntesis
Descriptiva
La Virgen del Perpetuo Socorro
pertenece a un grupo de imágenes de estilo
greco-bizantino, veneradas en distintas partes del antiguo imperio griego.
El
original actual de esta imagen es una tabla pintada al temple que se encuentra en Roma en la
casa Generalicia de los Padres Redentoristas.
Representa
la majestad serena de una REINA
MADRE
ricamente ataviada, que lleva en brazos a su Hijo Rey. Tristeza majestuosa y
profunda irradian sus grandes ojos semiabiertos bajo el arco elegante de sus
cejas curvadas. Túnica regia de púrpura cubre su pecho y brazos; manto de azul
añil desciende armónicamente desde la cabeza erguida, desdoblándose sobre los
hombros y brazos. En la frente una estrella de ocho rayos. irradia su luz
serena.
Entre,
sus manos maternales muy grandes, blancas, de dedos gráciles, descansa el NIÑO,
ataviado al estilo de los príncipes bizantinos: túnica de verde aceituna,
manto amarillo y ceñidor rojo.
Su
posición singular contrasta con la majestad pacífica de la Madre. El pintor la
ha sorprendida en una actitud extraña: su rostro serio vuelto con rapidez
hacia la izquierda, parece observar algo con atención, mientras aplica
estrechamente su cuerpo al de la Madre, como poseído de súbito temor; su pie
derecho se desliza tan rápido entre su manto que se sobrepone al izquierdo, con
cuyo movimiento una de las sandalias se desprende y comienza a caer.
Sus
manecitas infantiles en señal de petición de auxilio se asen fuertemente a la
mano izquierda de su Madre.
En
la parte superior del cuadro dos ARCANGELES,
Miguel y Gabriel, pintados probablemente por San Lázaro, monje en el siglo IX,
muestran al Niño maravillado ante los instrumentos futuros de su pasión: la
Cruz, la lanza, una caña con esponja y un recipiente con el amarguisimo
potaje con que apagaron su sed. Sus manos, en señal de veneración, están
veladas.
Cinco
INSCRIPCIONES
griegas abreviadas indican el nombre de los personajes que entran en la extraña
escena. Las siglas MP
— OY,
que coronan la imagen significan en su idioma original MADRE
DE DIOS.
A la derecha del Niño leemos: IC
— XC = Jesucristo;
y respectivamente a la izquierda y derecha del cuadro: O
AP M = El Arcángel Miguel;
y O
AP G = el Arcángel Gabriel.
Interpretación
En
una antigua imagen de la Santísima Virgen que se venera en Fiésole, Italia, y
que pertenece al grupo grecolatino de nuestra imagen, leemos escrita en latín,
debajo de la imagen del Arcángel Gabriel, una auténtica
interpretación
de nuestro cuadro:
“Quien
saludó primero a la Purísima con jubiloso anuncio (San Gabriel Arcángel)
muestra ahora los instrumentos de la Pasión; mientras Cristo, temeroso de la
muerte que le espera, se horroriza al contemplarlos’.
Tal
es, en efecto, el sentido fiel de la Imagen. Idilio suave entre la Madre y el
Hijo, que a solas conversan confidencialmente, contándose sus ternuras. La
escena se interrumpe inesperadamente; dos Arcángeles reverentes se interponen,
mostrando instrumentos de muerte ignominiosa: Cruz, lanza.
Con
su inesperada aparición la antítesis dramática no puede ser mayor.
Respetuosamente, como enviados del Cielo para hacerle conocer los designios del
Padre Celestial sobre su persona, le muestran los instrumentos de su futura pasión.
Aterrado el Niño ante la pavorosa perspectiva, busca instintivamente refugio en
los brazos de su Madre. Se acerca a su pecho; encoge sus miembros como para
sustraerse al efecto psicológica que le produce la visión; sus manitas
infantiles se aferran a la mano firme y grande de su Madre como para pedirle
socorro, y desde ese refugio materno continúa atento observando el espectáculo.
Evidentemente, el genial autor no ha querido pintar una escena histórica, sino una imagen de la Madre de Dios destinada al culto; pletórica a la vez de cálida devoción, cimentada en la teología mariana y de arte cristiano. Por eso nos muestra a la Madre no dirigida al Hijo, sino a la piedad de los fieles que oran ante la imagen en la que majestuosa tristeza y benignidad suma se amalgaman magistralmente.
Parece
decirnos la Madre desde esta imagen: “Ved, hombres, cuánto os he amado; por
vuestra salvación no sustraje a mi Divino Hijo al sufrimiento y a la muerte,
sino que lo ofrecí espontáneamente; por lo que Dios encomendó a mi
administración los frutos de esta Pasión. Acudid, en consecuencia, con
inagotable confianza a Mí”.
Tal
interpretación no es ajena a la mentalidad de la Iglesia. San Pío X, en su Encíclica
“Ad diem illum” (1904). nos dice: “Por esta comunión de dolores y
voluntades entre María y Cristo, mereció Ella llegar a ser dignísima
reparadora del mundo perdido, y por eso dispensadora universal de las gracias
que Jesús nos adquirió con su muerte y sangre”.
El
título de perpetuo Socorro que por primera vez aparece en 1579 en el
frontispicio de la Iglesia de San Mateo, en Roma, es, por lo tanto, interpretación
fiel del rico significado espiritual de la Imagen
Su
Simbolismo
El
símbolo ha sido siempre un recurso de la inteligencia humana para dar forma plástica
a una idea, máxime si es religiosa. Encuentra su explicación en la naturaleza
del hombre, que de las cosas exteriores y sensibles se eleva a las cosas
espirituales, y así la Iglesia no podía menos de echar mano de él para
instruir a los fieles en los misterios de la religión. Toda la liturgia está
llena de símbolos. El mismo Espíritu Santo fue el que dio comienzo, en cierta
manera, al simbolismo de la Iglesia naciente, viniendo sobre el colegio apostólico
en forma visible de lenguas de fuego y con ruidos de viento impetuoso.
Las
grandes catedrales medievales se construyeron con ese sentido cristiano del símbolo.
En ellas en su arquitectura, en sus esculturas, aprendieron nuestros antepasados
las lecciones de Historia Sagrada y las verdades religiosas, transmitiéndolas
de padres a hijos; verdades que hoy conocemos nosotros por medio de la lectura.
"Lo que son las letras para los que saben leer (dice San Gregorio), es la
pintura para los que no lo saben”. No hace falta añadir que un gran capítulo
en la historia del simbolismo se había de dedicar a los santos y sus emblemas.
Siendo, por otra parte, tan familiar al arte oriental bizantino el uso de parábolas,
alegorías y símbolos, cabe preguntarnos con razón si nuestro Cuadro de la
Virgen que analizamos tiene su simbolismo,
su sentido místico.
Y
lo consideramos muy probable. Intentemos hallar el significado simbólico que se
oculta en cada uno de sus elementos.
No
es improbable que el oro
que recubre y abraza casi totalmente las figuras, simbolice la Jerusalén
Celestial, hecha de “oro puro”, según la visión de San Juan en su
Apocalipsis (21, 18). Es el Cielo, del cual descienden los Arcángeles para
comunicar los designios de Dios al Niño Rey. “El pintor medieval, escribe A.
Múller, acostumbra a pintar el Cielo, del cual sólo se sabe que su gloria
sobrepasa todo conocimiento, como un fondo de oro”.
La
estrella
que brilla en la frente de la Purísima ¿no delata a Aquélla que desde el
siglo IX saludamos como “Estrella del Mar”, que “nace de Jacob”, y que
"es luz para los que moran en región de tinieblas"?
El
brazo
derecho
de la Madre de Cristo, que sobresale tanto en la pintura, nos insinúa su
poderosa y valiosísima ayuda. El brazo diestro es, efectivamente, para los
semitas el símbolo del poder. Leemos repetidas veces en los Salmos expresiones
como estas: “... tu diestra hizo maravillas”; y en el Magnificat "...
deshizo a sus enemigos con el poder de su brazo”.
La
mano
extendida
expresa en el arte cristiano antiguo la actitud típica del que suplica y ora.
¿Carecerá
de sentido el hecho de que las dos manos de Jesús estén íntimamente unidas a
la de la Virgen? Los
orientales afirman que eso significa la unión de voluntades y la cooperación
de María a la obra Redentora.
¿Y
los
dos pies
que se entrecruzan y la sandalia
que comienza a caer? Aquí las opiniones divergen. Tal vez el simbolismo no deba
llevarse a tal extremo de ver en cada detalle del cuadro un sentido oculto. De
hecho entre los hebreos la sandalia suelta significaba la abdicación de un
derecho o su cesación jurídica. Se cree, así, que la sandalia que se
desprende puede designar a la Sinagoga judía repudiada por Cristo a causa de su
infidelidad; y las manos estrechadas, el desposorio espiritual entre Cristo y su
Iglesia figurada, por María.
Respecto
o los instrumentos
de la Pasión,
escribe el ex Superior Mayor de los Redentoristas, Patricio Murray: “Por la
esponja, lanza y Cruz se simbolizan perfectamente los tres votos religiosos de
Pobreza, Castidad y Obediencia. Pues compañeras de la pobreza son el hambre y
la sed, o la que recuerda la esponja empapada en hiel que fue ofrecida a Cristo
sediento. La lanza nos trae a la memoria el Corazón abierto de Cristo y nos
amonesta a ser puros de corazón. Finalmente, la Cruz simboliza la obediencia
religiosa”. Providencialmente, de estos tres sagrados emblemas (Cruz, lanza,
esponja) consta el escudo de la Congregación del Santísimo Redentor.
Para
concluir nuestra búsqueda sobre el simbolismo de nuestro cuadro oigamos
lo que dice Justino de Miechow en una de sus conferencias: “En la antigüedad
era costumbre representar a la Virgen con grandes
ojos y pequeña boca,
para significar que tenía Ella en su corazón grandes ojos para pensar y boca
pequeña para hablar”. Igualmente afirma San Vicente en uno de sus sermones
marianos.
Lector: ¡ojalá las presentes consideraciones te hayan llevado a comprender mejor la plenitud de realidades, sentimientos y poesía que su anónimo autor y la secular tradición de la Iglesia nos han legado, para inspirarnos incondicional confianza en el socorro perpetuo de tan poderosa Madre! -De la Revista El Perpetuo Socorro, Mayo-Junio de 1956-