Frente
a los escándalos.
¡La Iglesia, Santa e Inmortal, Prevalecerá!
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella” (Mateo, 16:18). A esta primera promesa, Nuestro Señor añadió una segunda: “Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán” (Mateo, 24:35). De esta forma Nuestro Señor Jesucristo estableció la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, garantizando su inmortalidad con su sello divino.
La violencia de la tormenta que actualmente arremete contra la Iglesia
podría probablemente derribar cualquier institución humana, pero no la
institución sostenida por las promesas del propio Dios. Los enemigos de la
Iglesia tratan con todo empeño de difamarla y deshonrarla, lanzándole lodo y
estiércol, pero sin lograr mancharla.
Estos proclaman que la Iglesia no podrá sobrevivir los escándalos
perpetrados contra Ella y dentro de Ella, pero en sus palabras se nota duda de
que así ocurra. Confrontando el testimonio silencioso de la historia, ellos
saben por su propia experiencia que la Iglesia es, al mismo tiempo, santa e
inmortal. Nada la mancha, ni la misma infamia que crece dentro de sus propias
filas, porque Ella es la Esposa inmaculada de Cristo.
En el auge mismo de su pasión, cuando los insultos contra su Divina
Persona, las heridas infringidas a su Sagrado Cuerpo, y Su Humillación Pública
habían alcanzado su ápice, el Verbo de Dios Encarnado no perdió nada de la
grandeza de su perfil moral. Esto lo vemos en el Santo Sudario de Turín. Allí
hay un Hombre atrozmente herido, uno podría decir destrozado, y sin embargo,
ninguna pintura o escultura de un rey proyecta mayor majestad, dignidad y
honor que la Figura grabada en ese manto fúnebre.
Traicionada
innoblemente por dentro, atacada ferozmente por fuera
Lo mismo pasa
con la Iglesia Católica hoy. En el ápice de su pasión, traicionada
innoblemente en su interior, atacada ferozmente por fuera, nada puede turbar
su serenidad. Cuando esta espantosa tormenta finalmente amaine, Ella aparecerá
otra vez radiante y victoriosa.
Sin embargo, mientras la tempestad persista, el sufrimiento es intenso, y
nuestra fe es puesta a prueba. Para nosotros los católicos esto significa
constatar horrorizados que un elemento hostil, un cáncer horrendo, crece
dentro del Cuerpo Místico de Cristo. Nos estremecemos ante la trágica y
antinatural “coexistencia pacífica” entre el vicio y la virtud y
santidad.
La existencia de la homosexualidad(1) en la institución que
es el alma de la pureza y castidad es deplorable más allá de las palabras.
Igualmente deplorable es el hecho de que esta “coexistencia pacífica”
haya durado por décadas debido a la imperdonable connivencia de los pastores
que debían haber preferido dar su vida si fuese necesario para impedir que
este mal llegara al redil.
El Catecismo de San Pío X llama
a la homosexualidad un pecado que “clama al cielo por venganza,”(2)
y el Catecismo de la Iglesia Católica
promulgado por le Papa Juan Pablo II en 1992 dice: “Apoyándose en la
Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la tradición ha
declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente
desordenados”.(3) La homosexualidad es un pecado condenado en el
Antiguo Testamento(4) y por San Pedro y San Pablo en el Nuevo
Testamento(5),
por los Padres y Doctores de la Iglesia, y por los Papas durante 2,000 años.
San Pedro Damián, Doctor de la Iglesia, dice que la homosexualidad “no debe
ser considerada como un vicio ordinario, porque sobrepasa a todos por su
enormidad”.(6)
Hablamos de homosexualidad pues ciertamente éste es el problema. Todos
sabemos la verdad: una gran mayoría de los escándalos últimamente
divulgados son casos de pedofilia homosexual, y por lo tanto, una forma
particular del problema general que es la homosexualidad. Sin embargo, un gran
sector de los medios de comunicación han preferido encubrir el homosexualismo
y resaltar la pedofilia.
Estos mismos medios no han tenido ningún escrúpulo en desatar un
feroz estruendo contra la Iglesia, su doctrina y su moral. Añadiendo insultos
a la injuria, ellos dan la impresión que el comportamiento criminal de
algunos es la regla general. Esta es una suprema injusticia contra todos
aquellos sacerdotes y religiosos que son fieles a sus votos. Mas aun, la
prensa sugiere que los escándalos existen por causa del celibato sacerdotal.
Con crasa indiferencia a la fe y los sentimientos de un billón de católicos,
poco hacen por mostrar la otra cara de la moneda: la sublimidad del sacerdocio
católico reflejado en sus santos a través de los tiempos.
Un
misterioso proceso de “auto-demolición”
Pongamos entre
tanto a un lado el ataque externo contra la Iglesia para enfocar el problema más
importante: el interno.
El primer paso para resolver este problema consiste en analizarlo minuciosa y verazmente, lo cual nos permitirá ver especialmente sus causas más profundas y sus funestas consecuencias.
El problema no existiría a no ser por la negligencia culpable de
numerosos pastores y, en algunos casos, la condenable complicidad de otros.
Hay muchos asuntos internos que deben ser corregidos vigorosa y urgentemente
por el clero. ¡Cuantas lágrimas se transforman en alegría cuando los
fieles presencian obispos como nuestro glorioso San Juan Neumann, el cuarto
obispo de Filadelfia (1852 - 1860), sin miedo combatir a los que pretenden dañar
el “pequeño rebaño” de Cristo! Nos corresponde a todos suplicar a Dios,
de todo corazón, que envíe santos y héroes para enseñar, gobernar y
santificar su rebaño.
Sin embargo, nos debemos preguntar si es sólo el clero responsable de lo que pasa. ¿No será que nosotros –los católicos laicos– podríamos ser culpables también de alguna manera? Sin duda nosotros confiamos en la vigilancia de nuestros pastores. Seguramente sentimos que nuestra confianza fue traicionada. No obstante, Nuestro Señor tenía mas que a los pastores en mente cuando dijo, “Vigilad y orad, para que no caigáis en tentación” (Mateo 26:41); esa advertencia fue hecha también a nosotros.
“¿Vigilamos y oramos?” Desdichadamente, no. En el Huerto de los Olivos, nosotros habríamos estado entre aquellos que se durmieron. Si lo analizamos honestamente debemos reconocerlo.
Hace décadas el Papa Pablo VI advirtió que “el humo de Satanás” había entrado en la Iglesia.(7) El Papa dijo además que la Iglesia estaba experimentado un misterioso proceso de “autodemolición”.(8) ¿Tomamos con seriedad esa advertencia? ¿Investigamos ese misterioso proceso? ¿Sus métodos? ¿Cómo afectó al clero y a los fieles?
Hemos permitido que dicho “humo de Satanás” penetre todas las
brechas y llene cada rincón de la Iglesia. Como un gas adormecedor nos relajó
y anestesió. Redujo nuestro espíritu de lucha. La indiferencia se volvió
algo generalizada, y el proceso de “autodemolición” quedó libre para
obrar su nefasta labor. Hoy podemos ver las consecuencias.
Además, ese “humo de Satanás” esparció a través de la Iglesia el “relativismo” intelectual y moral.(9) Tal relativismo afectó todo: la sublime vocación y la sagrada persona del sacerdote y el obispo; la atmósfera de respecto y oración en las iglesias; las normas de belleza en la arquitectura y el arte eclesiástico; la reverencia debida a la vida religiosa consagrada; las reglas de modestia en el vestir, no solo en público sino incluso en nuestras iglesias; y mucho más. Todo eso elevaba el espíritu de los fieles; todo lo que los llenaba de admiración y veneración por lo sobrenatural fue atacado.
Inevitablemente el relativismo poco a poco fue debilitando en las conciencias de los fieles las nociones del bien y del mal, del pecado y la gracia, del vicio y la virtud. Las claras enseñanzas de la Iglesia en todos los aspectos del comportamiento sexual fueron gradualmente borradas. La virtud fue substituida por una espiritualidad sentimental y hedonista, llevándonos a la situación actual, prueba positiva de la existencia de un proceso calificado de “satánico” por un Papa de nuestros días.
Algunos críticos, movidos más por la emoción y la fuerza del hábito que por un pensamiento claro, negarán este proceso de “autodemolición”. Desdichadamente, los medios de comunicación nos brindan diariamente palpables muestras de que dicho proceso sigue adelante. Al ver la Iglesia tan duramente sacudida por los escándalos, sus enemigos, tanto internos como externos, se apresuran a clamar por más “reformas”. En un abierto desafío a su Magisterio Supremo, ellos exigen a la Iglesia la abolición del celibato sacerdotal y la ordenación de mujeres, el divorcio, la contraconcepción, el aborto, y aunque parezca mentira, incluso la homosexualidad. ¡Esto es exactamente lo que la Iglesia no debe hacer! Tales medidas serían un paso mas hacia el abismo del relativismo total.
Volviendo atrás
Sólo hay una manera de librarnos de la aflicción que nos fustiga, ahora que se han abierto nuestros ojos. Tenemos que volver atrás. Debemos regresar al punto de partida. Solamente en la plenitud de las enseñanzas de la Iglesia podremos encontrar la solución a la actual crisis. La Iglesia ha enfrentado muchos problemas durante sus 2,000 años de existencia. No es ahora menos capaz que entonces.
El primer paso es, evidentemente, la oración.
El segundo es la vigilancia, tal como Nuestro Señor ordenó. Debemos afilar nuestra vigilancia, prestar atención al peligro que continua rondando. De esta forma, cuando el peligro aparezca – particularmente si lo hace vestido de oveja –, debemos saber como resistirlo; debemos saber como analizar todo a la luz de los principios católicos. Esto presupone un claro entendimiento de las verdades eternas de la fe y de los inmutables principios de la moralidad. También nos exigirá el estudio. El regreso al estudio de los principios básicos de la Iglesia reavivará en nuestros corazones un ardiente amor por todos esos principios tan atacados por el relativismo.
Un llamado al heroísmo
El tercer paso a seguir en una auténtica restauración católica es un correcto entendimiento de la santidad – la lucha heroica por la virtud. Una lucha heroica y verdadera por la virtud no es anémica o egocéntrica. Está llena de frutos en el apostolado. Rechaza la comodidad y los dictados del respeto humano – el miedo a crearnos complicaciones. Cuando enfrenta la oposición, sea ella interna o externa, no se avergüenza y con audacia proclama la fe y su doctrina. La verdad no es algo que nos deba avergonzar. Nuestro Señor quiere que nosotros impactemos nuestra sociedad, como la levadura fermenta la masa. El espera de nosotros valor al enfrentar el ridículo público, como la Verónica. El nos invita al heroísmo: “Cualquiera pues que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 10:32).
La jornada de regreso a la casa paterna, para que tenga éxito, tiene que convertirse en una verdadera cruzada espiritual, con toda la dedicación, el sacrificio, y el celo mostrado por los héroes de otrora. Ellos respondieron al llamado a las armas del Venerable Papa Urbano II en Clermont-Ferrand, cuando lanzó la primera Cruzada, con gritos entusiasmados de “Dios lo quiere! Dios lo quiere”.
Si ese espíritu de cruzado arde dentro de nuestro pecho; nuestros líderes eclesiásticos no tendrán dudas de nuestro apoyo entusiasta, pero deberán tener la valentía necesaria para arremeter contra ese dilatado y tolerado proceso de “autodemolición” con el indispensable vigor de pastores que defienden su rebaño de los lobos feroces.
Sin duda, la Iglesia prevalecerá
Si tanto el clero como los fieles cumplen con sus respectivas obligaciones, con el infalible apoyo de la Bienaventurada Virgen María, de San José, su casto esposo y protector de la Iglesia Universal, de todos los ángeles y santos, seremos premiados con el triunfo de la Iglesia una vez más. La presente crisis es sólo un episodio más – tal vez uno de los peores – en su gloriosa historia de luchas.
El intelectual católico, Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, nos
recuerda esto en su ensayo Revolución y Contra-Revolución: “Alios ego vidi ventos; alias prospexi animo procellas"
(Cicerón, Familiares, 12, 25,
5), "yo he visto otros vientos,
yo he contemplado otras
tempestades”.
NOTAS
1-
Contrario a la costumbre que se está generalizando, el término
“homosexualidad” lo restringimos a la práctica homosexual, excluyendo
de esta manera la mera inclinación. Ningún individuo que sufre por esta
antinatural inclinación y que con la ayuda de la gracia resiste, puede ser
llamado de “homosexual,” de la misma forma que nadie que resiste la
inclinación a robar o mentir puede ser llamado “ladrón” o
“mentiroso”.
2
- www.ewtn.com/library/catechism/PioXCat.txt.
El fundamento bíblico de esta expresión
la atribuyen los teólogos a
Gen.19:13.
3 - Catecismo de la Iglesia Católica (New
York: Doubleday, 1995) #2357, p. 625.
4 - Cf. Gen 19:1-29; Lev. 18:22; Deut. 22:5.
5 - Cf. 2 Pet. 2:6-7; Rom. 1:24-27; 1 Cor. 6:10; 1 Tim. 1:10.
6 - S. Pedro Damian, The Book of Gomorrah (Patrología Latina, vol. 145, col. 159-190) citado en Roberto de Mattei, L´Eglise et l´homosexualité (Paris: Pierre Téqui Éditeur, 1995), p. 12.
7 - Cf.Alocución
Resistite Fortes in Fide, de Junio 29, 1972, en Insegnamenti
di Paolo VI (Vatican: Poliglotta Vaticana), vol. 10 pp. 707-709.
8
- Cf. Alocución a los estudiantes del Pontificio Seminario de Lombard,
Diciembre 7 de 1998, en Insegnamenti di Paolo VI, vol.6, p. 1188.
9
- El “relativismo” moral trata de adaptar la moral y la doctrina católica
a los gustos y los dictámenes del mundo. Las normas objetivas de
pensamiento y acción son de esta manera destruidas. Las personas se
convierten en esclavas de sus propios caprichos y de los de la moda,
dictados por los medios de comunicación. Eventualmente, se acepta el mal
con apariencia de bondad. Cf. Alocución del Papa Juan Pablo II a los
religiosos y sacerdotes participantes en el Primer Congreso Nacional
Italiano de Misiones para la Gente de los 80s, Febrero 6 de 1981, L’
Osservatore Romano, Febrero 7 de 1981.
10 - Plinio Correa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución (Bogotá, Colombia: Tradición Familia y Propiedad,1992) p. 99.
| Página de Inicio | Tradición y Acción | Artículos Varios |
| TFPs en Acción | Revolución y Contra-Revolución |
| Catolicismo | Ambientes y Costumbres | Links |